68. Desde el balcón

-Hola. –Hola. –¿Cómo estás? –Bien, ¿y vos? –Yo también. Un poco cansado nomás. –¿Mucho trabajo? –Uff. Un montón. –Eso es bueno, ¿verdad? –Un poco sí, pero ahora ya no tengo tiempo libre. –¿Y por qué no dejás algo? –No puedo. Los clientes son muy demandantes y necesito el dinero para la operación de Juanita. –Juanita… ¿Cómo está? –En realidad, no muy bien. Tiene ese problema de cadera que no la deja en paz. –¿Cuántos años tiene Juanita? Ya debe ser muy mayor, ¿verdad? –Uff. Un montón. Es más lo que ha vivido que lo que le queda por vivir. Pero ella está siempre bien, alegre y vivaz a pesar de todo. El otro día, sin ir más lejos, salió a caminar y dio una vuelta a la manzana sin ayuda. –¡Qué bien! ¿hacía mucho que no hacía eso? –Uff. Un montón. Tanto que casi no recuerdo cuándo fue la vez anterior que se desplazó por sus propios medios. –Juanita… ¡Cómo me gustaría volver a verla! Ella siempre fue como una luz en las tinieblas para mí. Siempre supo cómo confortarme y hacerme apurar los malos tragos. Siempre alegre y vivaz… –Sí, ya te lo dije. ¿Y por qué no venís a verla? –No puedo. Vos sabés que soy alérgico a los perros. Bueno, me voy. Hacele una caricia de mi parte a Juanita. –Se la haré, no te preocupes. Yo también me voy. Tengo que comprarle los remedios y temo que cierre la veterinaria. Chau. –Chau-. Asomado al balcón los vi alejarse cada uno por su lado. Cuando se perdieron de mi vista, cerré la puerta corrediza y entré a ver a mi madre postrada en la cama con su problema de cadera. Solté una lágrima y bajé la persiana.

Este relato forma parte de la serie “Ciento un relatos que siento uno”.

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