68. Desde el balcón

-Hola. –Hola. –¿Cómo estás? –Bien, ¿y vos? –Yo también. Un poco cansado nomás. –¿Mucho trabajo? –Uff. Un montón. –Eso es bueno, ¿verdad? –Un poco sí, pero ahora ya no tengo tiempo libre. –¿Y por qué no dejás algo? –No puedo. Los clientes son muy demandantes y necesito el dinero para la operación de Juanita. –Juanita… ¿Cómo está? –En realidad, no muy bien. Tiene ese problema de cadera que no la deja en paz. –¿Cuántos años tiene Juanita? Ya debe ser muy mayor, ¿verdad? –Uff. Un montón. Es más lo que ha vivido que lo que le queda por vivir. Pero ella está siempre bien, alegre y vivaz a pesar de todo. El otro día, sin ir más lejos, salió a caminar y dio una vuelta a la manzana sin ayuda. –¡Qué bien! ¿hacía mucho que no hacía eso? –Uff. Un montón. Tanto que casi no recuerdo cuándo fue la vez anterior que se desplazó por sus propios medios. –Juanita… ¡Cómo me gustaría volver a verla! Ella siempre fue como una luz en las tinieblas para mí. Siempre supo cómo confortarme y hacerme apurar los malos tragos. Siempre alegre y vivaz… –Sí, ya te lo dije. ¿Y por qué no venís a verla? –No puedo. Vos sabés que soy alérgico a los perros. Bueno, me voy. Hacele una caricia de mi parte a Juanita. –Se la haré, no te preocupes. Yo también me voy. Tengo que comprarle los remedios y temo que cierre la veterinaria. Chau. –Chau-. Asomado al balcón los vi alejarse cada uno por su lado. Cuando se perdieron de mi vista, cerré la puerta corrediza y entré a ver a mi madre postrada en la cama con su problema de cadera. Solté una lágrima y bajé la persiana.

Este relato forma parte de la serie “Ciento un relatos que siento uno”.

Blanca agonía

Claudia estaba sola. Agonizaba. El rostro pálido y ceñido denotaba un resignado sufrimiento, una sufrida resignación. El cuarto se anunciaba mortecino, con apenas la luz que se filtraba por la celosía de tablillas desparejas. Un silencio solemne dominaba el volumen encerrado entre las blancas paredes, el piso y cielorraso también blancos, las sábanas blancas del lecho y los rasgos color tiza de Claudia que ligeramente asomaban bajo aquellas. Eran los últimos momentos de una larga y dolorosa enfermedad, esa que sólo se nombra en voz baja y que motiva la pregunta repetida de “¿cómo la ciencia no encontró una cura?”. Un gemido contiguo interrumpía por momentos el ominoso silencio blanco que pesaba sobre la habitación. Es que allí, en la clínica oncológica, cada cuarto discurría por pequeñas temporadas de cientos de historias diferentes, como la de Claudia y su afección. El tumor iniciado en el estómago había viajado hasta el cerebro para alojarse allí, desplazando la cordura y los sentidos. De la atildada y elegante figura de Claudia sólo quedaba un recuerdo vago, retratado en una antigua fotografía a la sepia que adornaba la mesa de noche. Nada más. La salud había abdicado frente a la cruel dolencia que acabara primero con la familia y ahora se ensañaba con la enferma. De pronto, una luz blanca y radiante se coló por la mirilla, trepando hasta el rostro semioculto por las sábanas. Una sonrisa blanca y radiante iluminó el perfil, al tiempo que las sábanas dejaron de moverse al ritmo de la respiración. Sobre la mesa de noche, la antigua fotografía a la sepia ahora estaba en blanco.

Este relato forma parte de la serie “Relatos extravagantes (algunos incluso raros)”.

Veinte mil palabras (doscientos cuentos de cien palabras)

51. Historia con paraguas

Gerardo era jovial, alegre, desaprensivo y muy molesto. Hacía bromas pesadas a cualquiera sin ninguna contemplación. Había preparado un viejo paraguas para lanzar chorros de agua en la cara de la gente que pasara frente a él. Una noche de intensa lluvia, resguardado bajo un toldo iluminado con una guirnalda de luces encendidas, esperó para probar su nuevo chasco. De pronto vio llegar la oportunidad. Sonriendo maliciosamente, levantó el adminículo… y ya no supo nada más… La gente lamentó la mala suerte del joven que justamente había embocado la punta metálica del paraguas en el único portalámparas sin bombilla eléctrica…

54. Concatenados

(Relato en el que la última letra de cada palabra es la primera de la palabra siguiente)

Quien no origina alrededor relaciones sinceras se exime en no ocasionales situaciones -si incorpora activa amistad- de explicitar razones siempre embarazosas. Sólo oportunidades superiores soportan nuestra actitud de entusiasmo ocasional levemente envanecido, originado obviamente en nuestra aparente estructura animada. Así, interpretamos sucintamente esos significantes -¿significados?- sobre el legítimo orden natural. Los sucesos siguientes se encadenan normalmente en numerosas sucesivas simplicidades sociales. Si integramos sabiamente el lugar real, lograremos ser reconocidos; si interpretamos solamente el lúdico ocaso, obtendremos singulares satisfacciones sin necesidad de exponer rasgos sociales sin sentido. Se suele enorgullecer retrospectivamente el lenguaje elogiando ostensiblemente el lazo original –literalmente- elegido.

55. La Mona Lisa y el ladrón

 

¡Cuánto pugnó por conseguirla! Desde que la vio por primera vez, la buscó por todas partes sin descanso, sin perder nunca la esperanza de conquistarla. Por ella se convirtió en ladrón. Estaba profundamente enamorado de ese rostro, de esa figura misteriosa. La deseaba. Nunca una pintura había despertado una pasión tan intensa como la que motivaba en Eduardo la famosa Mona Lisa. Y ahora la tenía sólo para sí, podía disfrutarla en su oscura soledad. Ella, mientras tanto, continuaba mostrando la sonrisa enigmática desde la tapa de la lata de dulce de batata marca “La Gioconda” que él había robado.

Estos relatos forman parte de la serie “Cuentos de cien palabras”.

Textos improbables

De conquistadores y conquistados – Enero 20, 2012

  • Juan de Ahumada tenía olor a humo
  • Gonzalo Calvo usaba peluca
  • Juan de Arboleda era de madera
  • Lorenzo Bernal del Mercado vino a América pensando que era una feria
  • A Francisco, Gonzalo, Hernando y Juan Pizarro les decían “los pizarrones”, porque estaban siempre manchados de tiza

Estos textos forman parte de la serie “Textos improbables”.

37. Recuerdos

Tomó la delgada cucharilla de bronce patinado y la introdujo lentamente en la fosa derecha, casi como gozando del contacto con la sensible mucosa de la nariz, hasta toparse con el cartilaginoso obstáculo que de golpe se le presentaba. Hizo un esfuerzo por continuar, pero le resultó imposible sortear el vallado del hueso nasal. La hizo girar hacia un lado y hacia el otro, al principio sin resultados aparentes, hasta que finalmente encontró el túnel que la llevaba a su destino. Cuidadosamente, con la suavidad de quien no quiere lastimar, tomó un trozo del cerebro y retirando delicadamente la fina cucharilla, la introdujo en el café que luego bebió de un solo sorbo. Era el modo que había encontrado para reciclar sus recuerdos.

Este relato forma parte de la serie “Ciento un relatos que siento uno”.

Veinte mil palabras (doscientos cuentos de cien palabras)

47. La hoja partida

Tomó del árbol una de las hojas aún verde. La desprendió suavemente tratando de no dañarla. La hoja opuso una leve resistencia pero finalmente cedió a la presión. Delicadamente la acunó en la mano izquierda mientras que con la otra la acariciaba cariñosamente. Al guardarla dentro de su libro más preciado, la hoja se rasgó y un trozo de la punta desapareció. Igualmente la puso en el improvisado estuche donde moraría por algún tiempo. Años más tarde, al abrir el libro casualmente, encontró la hoja. Se había calcado en la página en la que se apoyaba y, extrañamente, estaba entera…

49. La mancha de humedad – Enero 16, 2012

La pared de la escalera mostraba una mancha de humedad. En ella Fabiana descubría figuras dibujadas: ratoncitos, caballos, un circo embanderado… También la imagen de una niña con la que jugaba y a la que llamaba Rocío. Un día le dijo a su madre: “Mami, Rocío quiere que vaya con ella a su mundo, porque está muy sola. ¿Puedo?”. La madre, distraídamente, asintió. Luego, al llamarla a cenar, la niña no respondió. Preocupada, subió a buscarla. Al llegar al descanso, lanzó un grito de terror. En la pared, la mancha había crecido. Ahora parecían dos niñas tomadas de la mano…

50. El viaje

 

La primera parte del viaje transcurrió sin novedades. El enemigo no intentaba interceptarlo. Navegando en una mansa corriente, se sintió más distendido. Pero un artero ataque inesperado le dio de lleno. Aturdido y malherido, apuró la marcha. La corriente aceleraba y la navegación era ahora una salvaje cabalgata. La correntada, los ataques, todo conspiraba contra el éxito de la misión. Tras un brusco salto final, se internó en una rojiza caverna, incrustándose literalmente en las paredes laterales, dispuesto a soportar el ataque final… En la esterilizada sala de operaciones, el cirujano dijo apesadumbrado: “Es inútil. El coágulo llegó al corazón…”

Estos relatos forman parte de la serie “Cuentos de cien palabras”.

Amores pasajeros

Era una chica muy enamoradiza. Tanto, que pasó toda la vida enamorándose. Comenzó a los cuatro años, cuando se entusiasmó con el ratón Mickey y no había forma de que entendiera que era un dibujo animado. El ratón Mickey, no ella. Y animado más o menos, en realidad, porque algunos capítulos eran un plomazo de aquellos. Digo que de aquellos primeros amores saltó a los siete… A los siete años, no a los siete amores. Ni a los siete enanos de Blancanieves. Pero más o menos por ahí, porque se había encamotado con el príncipe de la Bella Durmiente. En – ca – mo – ta – do. Lean bien. La cuestión es que vuelta a explicarle que era un amor imposible. Porque ella era plebeya y él nunca la iba a aceptar. Pasaron siete años más y a los doce… ¿Cómo que no puede ser? Ya sé que siete más siete son catorce años. Pero yo digo que a los doce ladrones de Alí Babá los veía como superhéroes. Sí, los ladrones eran cuarenta, pero a ella le gustaban sólo doce. Los que estaban mejor vestidos, sin barba y sin turbante. En realidad creía que eran un equipo de fútbol turco completo y con el entrenador. A los dieciséis comenzaron los amores más serios. Comenzó a salir con un flaco que no se reía ni aunque le hicieras cosquillas. No, no era un amargado. Lo que pasa que usaba ropa interior de un talle menor al que necesitaba. El día que se la cambió –porque un día se la cambió, un año después de conocerse– comenzó a ser otra persona. Y a ella ya no le gustó salir con otra persona. Además, había vuelto a enamorarse, esta vez de un cantante de rock. ¿Cómo hacerle ver que era inútil? Sí, ambos, el noviazgo y el cantante. El loco gritaba en do mayor, que era la única nota que conocía. La separación fue do–lorosa. Al poco tiempo comenzó a salir con un piloto, pero fue algo pasajero y de corta trayectoria. De cabotaje, digamos. Luego dejó el piloto y se compró un paraguas. Conoció a un jockey y se enredó con él en una relación de poca monta. Él quería montarla y ella no. Porque ella odiaba las monturas porque le paspaban las piernas. Además, los caballos le daban pavura. Prefería el pavo. El ave, digo, no el pavo del novio, que era un verdadero estúpido. Por otra parte, muchas veces el jockey montaba en cólera y se disparaba. Cólera era el nombre de la yegua con la que corría en el hipódromo. Corría tanto esa yegua que comenzaba las carreras en San Isidro y las terminaba en La Plata. Pero ella buscaba algo más permanente. Entonces se casó con un peluquero. Resultó un matrimonio sostenido con alfileres. En realidad, para que estuviera sostenido con alfileres él debería haber sido sastre. Más bien era un matrimonio sostenido con bigudíes. Además, estaba teñido… Me refiero al matrimonio, no al peluquero. Teñido de una pátina gris que no se podía disimular. Me refiero al peluquero, no al matrimonio. Seguramente eran canas y el henna no alcanzaba. Y ahora que digo refiero, ¡era re-fiero el peluquero! Y así todo. No, al revés: quise decir así y todo, ella continuaba buscando su gran amor. Yo creo que lo buscaba en el lugar errado. Herrado digo, como en el caso del hipódromo. Hasta que repentinamente, conoció al hombre de su vida. Sí, un perfecto caballero. Culto, buen mozo, elegante. Sin dinero, pero con buenos sentimientos, trato cordial, sonrisa afable. ¡Afable, no afanable! ¿Qué se creen; que usaba dentadura postiza? La cuestión es que este hombre era una verdadera joya. Se casaron y él la hizo muy feliz, porque era una persona incomparable. No ERA una persona; en realidad ES, porque ese ser excepcional aún está vivo. Y aquí me tienen. Créanme: siendo como soy, puedo hacer feliz a cualquiera.

Este relato forma parte de la serie “Relatos en positivo”.

Textos improbables

De conquistadores y conquistados

  • Juan de Garay partió de Asunción con un grupo de sesenta hombres y sólo una mujer. Tenía un trabajo, la pobre…
  • La mujer se llamaba Díaz, pero trabajaba de noche
  • Gerónimo Cabrera tenía muy mal genio
  • A Hernando de Soto todo le importaba un ídem
  • Pero Afán de Ribera le ponía mucha ambición a sus paseos por la orilla del río

Estos textos forman parte de la serie “Textos improbables”.

Veinte mil palabras (doscientos cuentos de cien palabras)

43. La Araña

(Texto realizado usando exclusivamente la vocal “A”. Homenaje a Lino Palacio, dibujante argentino creador de “Don Fulgencio”, que fue el primero en usar este tipo de relato monovocal en sus historietas)

La araña caza a la mañana. Calma, arma la trampa para alcanzar las ramas más altas. Ata las fajas a las palmas, saca las tramas. Basta palmar para llamarla. Para agarrar las larvas atrapadas, la malvada salta, las acaballa, las masca hasta matarlas. Amarra las tajadas a la baba para adaptarlas a la planta, las amasa hasta ablandarlas, saca las más flacas, las ralas. Al azar, aparta las más aptas -las más gratas al paladar- para yantarlas.  ¡Nada más fatal para las cazadas! Mas, al mal, mal. Tras mamar plasma, la bala la atraganta… La araña acaba. ¡Ya nada más!

44. El electricista

 

Nunca tuve suerte con el gremio de la construcción. Trabajaron en mi casa un pintor daltónico y un albañil alérgico a la cal. ¿Se imaginan? Ahora estoy con el probablemente mejor electricista de la ciudad por la calidad de su trabajo, pero incumplidor como sólo él puede serlo. Si vendrá o no a trabajar es el albur de cada día. “Mañana a las ocho, como de costumbre”, suele decirme. ¡Y aparece cuatro horas más tarde, como de costumbre! Un día de trabajo es una semana; una semana, un mes; un mes… ¡no quiero saberlo! Por suerte, ya termina… ¡Eso espero!

45. El antihéroe

 

Le encantaba leer historietas. Prácticamente no hacía otra cosa. Vivía las aventuras de los personajes como propias. Así, voló en globo, condujo submarinos, escaló montañas inaccesibles, salvó al mundo de catástrofes nucleares… Y lo más importante, enamoró a cuanta bella mujer se cruzó en su camino. Pero la realidad era bien distinta. Flaco, feo, enjuto, tímido, más bien cobarde, era incapaz de tener una aventura verdadera. Se presentó a una prueba para hacer de antihéroe en una serie de televisión. Debía representar al más bajo, vil y despreciable de los villanos. Pero no lo tomaron: ¡no daba con el perfil!

Estos relatos forman parte de la serie “Cuentos de cien palabras”.

El mate

Tengo algo rondándome la cabeza. O como decimos nosotros, el mate. No, piojos no son. Es una idea: escribir sobre el tema del mate. El tema del mate… ¡Parece un trabalenguas! En realidad, es un trabalenguas. Quise decir, escribir “acerca” del mate. Del otro, del que se toma, no de la cabeza. Escribir sobre el mate no significa hacerlo en la superficie, porque cuando uno lo lava, se borra. Y un mate lavado, aunque no tenga borra, sabe espantoso. Aunque el mate en realidad no lo sabe. Es uno el que lo sabe. Como el café, que a veces tiene borra y uno no lo sabe. El mate se lava porque el que ceba no sabe. Ceba no sabe… Me gustó este juego de palabras. Parece que hoy estoy inspirado. Dije inspirado, no pirado. Como cuando inspiro a través de la bombilla. Quiero decir, cuando chupo. O sorbo. Que es lo mismo que chupar, pero más fino. Lo que pasa es que la bombilla es fina. ¿Por qué se dice que chupo a sorbos y no se dice que sorbo a chupos? Decimos que chupo el mate porque en la realidad el mate no se toma sino que se chupa. En la realidad y en la ficción también. No vayan a creer que el mate se mastica. Se bombilla a través de la succiona. No, al revés. Quiero decir que se succiona a través de la bombilla, no que la bombilla se pone al revés. Porque si uno la da vuelta, se quema la boca. Y además se llena de yerba. La boca, digo. El mate es una bebida adelantada a su época. Cuando aún no se habían inventado la latita de gaseosa y las pajitas de plástico, nosotros ya estábamos ahí, déle darle a la bombilla. Chupando que era un contento. Bueno, nosotros somos de chupar, sobre todo vino. Ahí nos chupamos todos. También nos chupamos al coche de adelante en la ruta para ir más rápido. Porque los argentinos somos muy rápidos. Pero dejemos a los argentinos y volvamos al mate, que es una bebida argentina. El mate es una difusión… digo, una infusión. Aunque también es una difusión, porque está muy difundido. Sobre todo en las provincias del noreste argentino: Entre Ríos, Corrientes, Misiones, Uruguay… ¡Ya sé que Uruguay no es una provincia argentina! ¡No empecemos con revisionismos estúpidos! Bastantes líos tenemos ya con nuestros hermanos uruguayos para agregar un nuevo elemento de fricción. Otro elemento de fricción que tenemos con Uruguay son las piedritas para los encendedores. Las importamos de Montevideo. Monte video no es el nombre de una casa que alquila películas en el cerro, sino la capital del Uruguay. Pero volvamos a lo nuestro. Digo que Uruguay es un país donde también se toma mucho mate. Tanto, que los uruguayos nacen con un hueco en las axilas para transportar el termo de agua caliente. Porque el mate se toma caliente. Excepto en Paraguay, donde se toma frío. El mate, porque en Asunción hace un calor que te morís. En Ushuaia también te morís, pero no de calor. En realidad, te morís en cualquier parte. La vez pasada me preguntaron si se moría mucho la gente en Ushuaia. Les dije que no, que con una vez bastaba. Al menos, eso me informaron. Al mate en Paraguay lo llaman tereré. Debe ser la marca del té del lugar: Reré. Y seguro que está escrito en guaraní. Porque en Paraguay se habla guaraní, como en Finlandia… Digo que como en Finlandia hace mucho frío, allí por lo general la gente se muere de frío. Y en lo particular también. Pero sólo una vez. El mate es una bebida muy conocida porque pasa de boca en boca y se toma en rueda. Que no es lo mismo que tomarlo en llanta. Se forma una rueda de amigos y se va pasando la pequeña calabaza de mano en mano. Cada uno chupa un poco de infusión y deja algo de saliva en la bombilla. Para refrescarla y que el de al lado no se queme. Y para darle gusto. Hablando de gusto, el mate se puede tomar dulce o amargo pero nunca salado. A pesar de que la sal realza el gusto. Pero no el del mate. En Saladillo el mate se toma dulce. Lo cual parece un contrasentido. ¿No debería llamarse “Dulcillo” ese lugar? La preparación del mate es un arte. Primero hay que calentar el agua en la pava. Que no es lo mismo que calentar la pava. Mientras el agua toma temperatura –sin hervir– se agarra con la mano izquierda la pequeña calabaza… La calabaza tiene otro nombre, pero es muy feo: por… por eso no se los voy a decir. La cuestión es que se agarra el mate con la mano izquierda, el paquete de yerba con la derecha y lentamente, con pequeños golpes secos, se lo llena hasta la mitad, amontonando la yerba sobre un costado y dejando el otro lado libre. A continuación se recoge la yerba que cayó al piso y se la vuelve a poner en el paquete para la próxima ocasión. Mientras tanto, el agua sigue calentándose. Luego se agarra la bombilla y lentamente –con el mate todo se hace lentamente: por eso se toma sin apuro y con bombilla-  se la enyerba; es decir, se la entierra en la yerba. Mientras tanto, el agua ya se debe haber calentado, así que ¡sacala que va a hervir! Si hierve, no sirve y hay que empezar de vuelta. De vuelta: de nuevo, no al revés. Se saca la pava del fuego… Reflexión: está en el fuego porque es una pava, porque si fuere más viva no se dejaría quemar. Pero en fin… Se la saca del fuego y se vierte el agua dentro del termo para que no se enfríe. Luego se agarran unas galletitas de grasa y ¡a chupar! El mate, no las galletitas. Ni la grasa. Y ahora sí, todos en rueda saboreamos la difundida infusión. ¿Querés un mate?

Este relato forma parte de la serie “Relatos en positivo”.

28. La misa del 1º de enero (II)

Era la primera misa del año. Me dirigí al templo llevando conmigo la modorra del día anterior, que fogoneada por los brindis del champagne, apenas comenzaba a dispersarse. Ella entró casi al mismo tiempo que yo. Caminó a mi lado y se sentó en el mismo banco. Yo me sentía incómodo con su presencia más que humilde, casi miserable. Me corrí hacia el costado del banco, poniendo mayor distancia entre ella y yo. La veía rezar con un fervor rayano en la ansiedad, sin importarle los gestos de la liturgia del día. Al llegar la comunión, se acercó al sacerdote y recibió la hostia. En el colmo de mi indignación, la encaré y le dije: -¿Acaso está lo suficientemente preparada para recibir la comunión?-. Me miró con un gesto de tristeza y me respondió: -No lo sé. Pero ésta es mi única comida del día de hoy.

Este relato forma parte de la serie “Ciento un relatos que siento uno”.

26. La misa del 1º de enero

Lo vi entrar por el medio del templo, cargando a cuestas su propia suciedad sobre la chomba raída, los pantalones hechos jirones y unas zapatillas en las que los dedos de los pies pugnaban por huir. Entró hasta el crucero y se sentó en un banco del costado, a escasos metros de donde yo estaba. No pude evitar un sentimiento de repugnancia hacia su estado lindante en lo inhumano. El sacerdote comenzó la misa y mientras yo la seguía fervoroso y cumpliendo con todos y cada uno de los gestos y palabras de la liturgia, él permanecía sentado, murmurando algunas palabras ininteligibles, que se parecían extrañamente a “Perdón, Dios mío”. Yo lo vigilaba con el rabillo del ojo, pendiente de cuáles serían sus intenciones. Pero nada pasó. Él seguía allí, sentado, envuelto en sus murmullos. Al llegar el momento del saludo de la paz, vi con horror que se acercaba a saludarme. Fingí no verlo y me apresuré a saludar a otros fieles más dignos que estaban dos o tres bancos más atrás que yo. Él hizo un gesto de resignación y volvió a su banco. Al finalizar la misa, volví a mirarlo y casi me desmayo del asombro. En lugar de un pordiosero vestido miserablemente, me encontré con un joven hermoso, vestido con radiantes vestiduras y un halo que lo cubría de cuerpo entero. Enseguida me di cuenta. Me acerqué a él y le dije: -Señor, ¿cuándo viniste?-  Él me devolvió una mirada llena de tristeza y me respondió: -Siempre estuve allí. Fueron tus ojos los que no me vieron.

Este relato forma parte de la serie “Ciento un relatos que siento uno”.

25. El artista

Hundió el pincel en el óleo con la suavidad de un pensamiento esbozado apenas. No imaginaba el trazo que habría de desprenderse de la cerda para abrazarse a la tela que lo esperaba ansiosa, tensa sobre el atril que ocupaba la esquina más sombría del sombrío atelier. Mecánicamente, sin pensar en la dirección del movimiento, abanicó la muñeca acariciando el lienzo virgen con el carmesí pastoso que desganadamente se desprendía de su cuna de hebras. Lentamente comenzaron a aparecer unas líneas irreconocibles, unos manchones sin significado, unas espirales contritas que se desdibujaban hacia puntos mínimos. Tomó distancia del cuadro para apreciar su creación, y a pesar de lo irreconocible de las figuras, se sintió satisfecho. Ese fue el final del sexto día.

Este relato forma parte de la serie “Ciento un relatos que siento uno”.

El osario

Trabajaba en la empresa un empleado famoso por sus expresiones extrañas, equivocaciones y frases atolondradas, conocido por el seudónimo de “el oso”. Era tan conspicuo… Sí, dije conspicuo, ¿y qué? Acaso ahora uno no puede ser culto. El oso era conspicuo, atolondrado y equivocado, además de extraño. Por ejemplo, como ejemplo, les doy un ejemplo… Humm, cuántos ejemplos. Me parece que me estoy convirtiendo en un tipo ejemplar. Digo que por ejemplo, ante cualquier duda sobre lo que fuere, aconsejaba “armá un bibliorato”. ¡Armá un bibliorato! ¡Aunque no tuviera nada que ver con lo que estaba pasando! Un día los compañeros se dedicaron a recopilar sus dichos –los de él, no los de ellos-, le endosaron algunos otros que no eran de él e imprimieron un opúsculo que tomó el nombre de “El Osario”. Primero conspicuo y ahora opúsculo… ¡Qué tal! ¿Qué les parece el lenguaje? No quedó ningún ejemplar en existencia, pero haciendo memoria pude recopilar algunas de las expresiones. Por ejemplo, el oso decía de un determinado compañero que ostentaba –ostentaba; tomen nota de ésta también– una excelente memoria, que “fulano tiene una memoria de lince”. De lince. ¡Qué bruto! Si lo que tiene el lince de sobresaliente es el olfato… no, el oído… tampoco… el tacto… bueno, alguno de los siete sentidos que tenemos todos. ¡Cómo que los sentidos son cinco! Acaso no se dice que los gatos tienen siete sentidos. Ah, ¿eran siete vidas? Bueno, da igual, por allí anda la cosa. Otra frase para la posteridad era la que decía cuando algo le salía mal. Entonces ponía voz grave y expresaba “es para hacerse el ikebana con una galletita”. Por supuesto que todos nos reíamos en silencio ante la torpeza. ¡Él quería decir el Hiroshima! ¿Hara kiri? Bueno, también empieza con hache, ¿no? El oso era afecto a los refranes. Conocía muchos, pero los decía mal. Su preferido era “yo solo me lamo un buey”. ¡Qué disparate! Se dice “me lambo”, no me lamo. Otro que usaba con frecuencia cuando algo se hacía en forma muy precaria era “está atado y con calambre”. Pobre oso. Nunca iba a aprender aunque quisiera. En la época en que circulaban por Buenos Aires los famosos trolley buses, él nunca los tomaba porque decía que “le molestaba el olor a nafta”. Pero los trolley eran a gasoil. ¿Ni a nafta ni a gasoil? ¿Eran eléctricos? Vamos, si no había baterías que aguantaran todo el trayecto. ¿Qué para eso eran los cables en la calle donde se colgaba el trolley? Mirá vos lo que son las cosas. Yo creía que eran para sostenerlo porque de tan grandotes los buses resultaban inestables. Un día vimos venir al oso muy preocupado. Había estado con la hermana y el cuñado y volvía muy triste porque el médico les dijo que no podrían tener hijos. -¿Cuál es el problema?,- le preguntamos. -Que o bien él es imponente o ella es esméril-, nos contestó. -Porque por más que tengan relaciones matinales ella es inconcebible-. Lo que es inconcebible es lo que el oso nos contaba. Como el día que nos indicó la manera de llegar hasta un lugar. -Vas derecho por la ruta 205 y cuando llegás a un cruce de caminos, lo tomás-, nos dijo. Le preguntamos -Si es un cruce de caminos, ¿para dónde hay que tomarlo?-. ¿Saben lo que nos contestó? -Para allá, para donde van. Y cuando llegan al supermercado, doblan diez cuadras antes-. Insólito, ¿no? El oso creía que Curapaligüe era un sacerdote, que el cuadro de El Greco se llamaba “El Orgasmo del conde en el entierro” –en lugar de “El entierro del conde de Orgaz”–, que Junio Verle había escrito “Veinte mil lenguas de viejas sin marido” y que las facturas más ricas eran “las pelotas de fraile”. Quería decir las bolas de fraile, que en realidad se llaman suspiros de monjas. Bolas de fraile, suspiros de monja… Bueno, ok, está claro. Pero no es por eso. La factura más rica en realidad son los escoños. Hablando de historia, aseguraba que “Colón salió del puerto a los palos” y se compadecía cuando aseguraba “¡cómo la remó Rómulo para crear Roma!”. También demostraba su admiración por “el médico ese que dejó su país y se fue a atender leprosos en el África, Albert Schwarzenegger”(*) Frases famosas fueron “se despertó despierto”, “ese sí que se parece a sí mismo”, “aquella bebida tiene gusto a líquido”, “faltó por primera vez consecutiva”, “eso es sólido como el agua”, “hay que tener cuidado con el ácido eufórico” o “el motor tiene olor a caliente”. Pero creo que las palmas se las lleva la que dijo durante el mundial de fútbol: “A Maradona le cortaron las piernas como a la Venus de Milo”. ¡Qué bruto! ¿No sabe que la Venus de Milo tiene piernas y brazos y lo que le cortaron es la cabeza? Pero qué va a hacerle. Así era el oso. Muchas de las frases incluidas en el osario seguramente habrán llegado hasta ustedes en forma de chistes contados por amigos o a través de Internet, pero no duden de que el verdadero autor fue el oso. Mis viejos compañeros de trabajo son testículos de esto. Y si tienen dudas, ¡armen un bibliorato!

(*) Para los más jóvenes o los que no lo recuerdan, el famoso médico, filósofo, teólogo y músico se llamaba Albert Schweitzer.

Este relato forma parte de la serie “Relatos en positivo”.

Veinte mil palabras (doscientos cuentos de cien palabras)

38. La sombra

(Homenaje a Don Atahualpa Yupanqui)

Algunas veces se anticipaba a la sombra y otras veces la perseguía. La imagen reflejada en el suelo se abreviaba o ampliaba conforme el sol pegara en su figura. Los contornos, por momentos precisos, unos instantes después se desdibujaban como desflecándose en hilachas. Le gustaba jugar a las carreras con la figura proyectada en las paredes. ¡Y siempre le ganaba! Pero le sucedió lo mismo que a Peter Pan: al cerrar una puerta presurosamente, atrapó la sombra y la cortó despegándola de su cuerpo. De ese modo la perdió. Desde entonces camina solitario, sin proyectar perfil alguno en la vereda.

39. ¡Maldita suerte!

Ni bien salió de la casa vio pasar el primer autobús a medio llenar. Llegando a la parada observó cómo se alejaba un segundo micro. Maldijo la suerte. ¡Otra vez llegaría fuera de horario al trabajo! Esperó con resignación. Diez minutos más tarde pudo subir a un colectivo colmado de gente. Volvió a maldecir. Nuevamente viajaría transpirado, apretujado, pisoteado. La marcha se hizo lenta. El tránsito estaba congestionado. Policías, ambulancias, bomberos… De pronto vio que a un costado de la calle, dos micros de la línea que él tomaba habían volcado diez minutos antes. Todos los pasajeros estaban irremediablemente muertos…

40. El amante de los relojes

Amaba los relojes. Los tenía de todo tipo: de pulsera, de bolsillo, de pared, en anillos, en collares y hasta en aros. Su casa era un warehouse de manecillas, coronas, agujas y esferas relucientes. Le encantaba desarmarlos, limpiarlos, lubricarlos, montarlos nuevamente, ponerlos en hora y echarlos a andar. Tenía la manía de la precisión: todas las máquinas señalaban el mismo horario con exactitud. Un día se enfermó y ya no pudo seguir atendiendo sus preciados aparatos. Algunos se atrasaron; otros directamente dejaron de funcionar. Tras seis meses de agonía, falleció. Ese día, todos los relojes marcaban exactamente la misma hora…

Estos relatos forman parte de la serie “Cuentos de cien palabras”.

Beit Léjem (*)

Las contracciones se volvían más y más frecuentes. Tras casi cien mille passus a lomo de burro por caminos de montaña que atravesaban la hostil Samaria, el largo e incómodo viaje iniciado cinco jornadas antes no hacía más que apresurar el momento del parto. Era un verano caluroso ese verano. Los últimos estertores del mes de elul y el incipiente comienzo del de tishri marcaban a fuego el prado en el que algunos pastores vigilaban los rebaños a cielo abierto. El borrico se empacaba de a tramos y la mujer, sublimando las molestias en el gozo de su incipiente maternidad, soportaba estoicamente los berrinches del animal, mientras el hombre atizaba con una vara de fresno los traseros del jumento. La mujer apoyaba las manos en el vientre, como protegiendo el tesoro que portaba. Sólo ella y el esposo sabían quién era ese pequeño tan excepcionalmente concebido, o más aún, quien habría de ser cuando por fin viera la luz. Al torcer el camino en la última curva hacia la izquierda apareció sinuoso el perfil de la minúscula aldea. Era ya la hora del crepúsculo. Lejos habían quedado la postrera rebanada de pan y los restos del pescado con el que ambos peregrinos habían disimulado el hambre que los acompañaba desde la lejana Nazareth. El hombre suspiró. A escasas diez pérticas del lugar en que habían tomado un último descanso, se alzaba la figura inconfundible de una posada. Dejó a la mujer sentada en una piedra plana al costado del camino y se dirigió al hospedaje. En un pequeño bolso de cuero de carnero llevaba los denarios trabajosamente ahorrados en su profesión de carpintero. La mujer lo vio irse y también lo vio volver con el rostro trastornado. No había habitaciones disponibles en el pueblo y los espasmos se repetían con mayor asiduidad. Inesperadamente, el asno comenzó a caminar. El hombre intentó detenerlo pero las fuerzas no lo acompañaron. El animal se dirigió con paso firme hacia una barraca cavada en la roca donde se amontonaban unos cuantos fardos de pasto. Apoyada en el brazo del esposo, la mujer caminó tras el borrico. Unos instantes más tarde, un llanto pronunciado llenó la cueva, mientras el hombre cortaba con los dientes el cordón umbilical.

Este relato es una ficción basada en el nacimiento de Jesús, no necesariamente apegado a la verdad teológica, por lo que debe ser considerado simplemente como lo que es: un cuento que intenta enfatizar el lado humano de la Sagrada Familia, sin negar ni minimizar el aspecto mistérico y providencial del advenimiento del Salvador en el que creemos los cristianos.

(*) En hebreo, “la casa del pan”

Este relato forma parte de la serie “Con efe de Fe”.

19. El río

El agua clara tintinea acariciando el cuerpo sumergido. Una mano en la cabeza; la otra, perdida entre manos amigas. Un silencio denso y al mismo tiempo suave planea en la tarde. De pronto, un ave se desliza volando y un sonido casi humano resuena entre las nubes. Los hombres se miran y sonríen. El milagro improbable de perdonar pecados que no existen, ha comenzado aquella tarde en el Jordán.

Este relato forma parte de la serie “Ciento un relatos que siento uno”.

Curso de Protocolo – Parte III

Esta es la tercera y última entrega del curso de protocolo. Hoy vamos a hablar del vino. Un buen vino es el complemento necesario de una buena comida. O al revés. Es decir, comida buena una de necesario complemento el es vino buen un. ¿Se entiende? Hay que saber elegir el vino apropiado para cada comida: el blanco para el pescado, el tinto para las carnes rojas y el rosado para… ¿para qué? El vino se sirve con la mano derecha. Y la otra debe estar arriba de la mesa, no sobre las piernas de la vecina. Cuando se sirve el vino no se debe apoyar la botella sobre el borde de la copa porque se podría romper. La copa, no la botella. Y en ese caso, uno pasa un papelón. La copa se llena hasta la mitad, nunca hasta el borde. Generalmente se vierte sobre la mitad de abajo. Ah, ¿no hay alternativa? Podría ser la mitad en forma vertical, ¿no? Una vez servido el vino, la botella debe quedar sobre la mesa. ¡Nada de llevársela para la casa! Los vinos se sirven siguiendo un orden: el blanco y el rosado antes que el tinto, el tinto antes que el champagne y el champagne antes de ir a la cama a dormir la mona. Si alguien sufre de enofobia y no quiere vino, que se j… junte con otros comensales y beban agua. Al vino generalmente hay que catarlo; esto es, se sirve una cantidad muy pequeña y el que hace la cata, primero lo huele sin mover la copa, luego lo zarandea un poco, lo mira al trasluz, sorbe una mínima porción, hace un buche imperceptible y finalmente hace un gesto de aprobación con la cabeza. Todo esto al pe… pedigree de la bebida. Porque en la práctica, una vez catado, a nadie se le ocurre rechazar el vino. ¡A ver si se enoja el anfitrión y nos quedamos sin morf… morfología! Morfología es la disciplina que estudia la generación y las propiedades de la forma. En nuestro caso, el vino viene en forma de botella. Aunque a veces, también trae forma de jarra. El vino tinto debe estar a temperatura ambiente. El problema es en Alaska, que la temperatura ambiente te congela las b… bebidas. O en el Caribe, que en lugar de vino parece que estuvieras tomando sopa de uva. En cambio, el vino blanco se debe beber helado. ¡Pero no se les ocurra ponerle cubitos o soda fría! Ese es un error imperdonable. Nunca hay que tomar vino con el estómago vacío. Por eso, mucha gente se embucha unos cuantos cócteles antes de comenzar a comer. Para no estar con el estómago vacío, ¿vieron? Y así, entre bebida y bebida, va pasando la cena y la gente se va poniendo alegre. Borrachos, bah. Y puede terminar con las manos en las piernas de la vecina. Pero esa es una cuestión de otro curso, y no precisamente de protocolo. ¡Hasta la próxima!

Este relato forma parte de la serie “Relatos en positivo”.

Curso de Protocolo – Parte II

Ya vimos en una entrega anterior cómo es el protocolo para disponer la mesa para la cena. Ahora veremos cómo se dispensa la comida. Cómo se la dispensa en la mesa, no en la despensa. Primero se sirve a las damas, sean damas o no. Total, nadie les pregunta a qué se dedican en su vida privada. Y si no son damas, el servicio suele ser mejor. En la mesa, no en la despensa. Bueno, también en la despensa. Y con dispensas. Por lo general debe atenderse primero a la de mayor edad, pero el problema es que como ninguna quiere quedar en evidencia, todas se hacen las distraídas y la cena puede no comenzar nunca. Atendida la primera, luego se continúa con el resto de las comensales de sexo femenino según un orden contrario al de las agujas de reloj. El problema es cuando el reloj es digital y no tiene agujas, pero en ese caso el mozo hace lo que quiere. Bah. En general, el mozo siempre hace lo que quiere. A continuación se sirve a los varones según el mismo esquema. El mozo sirve la comida por la izquierda del invitado, aunque el invitado sea zurdo. Se sirve por la izquierda y se retiran los platos por la derecha. Es decir, te la dan por un lado y te la quitan por el otro. El vino, en cambio, se sirve por la derecha. Realmente, ¡qué complicado! ¿Por qué no lo harán todo más simple? Para empezar a comer hay que esperar que sirvan a todos los comensales, así que si son muchos, mejor que te atiendan al final, porque si no, comés todo frío. Cuando todos terminan, el que quiere puede repetir. Pero la verdad, nadie repite. Por el protocolo. Y también porque la comida nuevamente llega fría. Los comensales están sentados a la mesa según el orden establecido por el anfitrión. En general las parejas nunca se sientan juntas. Mejor, si se las pasan juntos en la casa, ir a la cena es como tener un desahogo. Los caballeros deben ayudar a las mujeres a sentarse apartándoles ligeramente la silla de la mesa. Por eso a las parejas las ponen separados, porque si algún hombre está disgustado con la esposa, se la corre del todo y le hace hacer un papelón. Hace hacer… Qué mal suena, ¿no? Una vez sentados hay que tener presente que no se apoyan los codos en la mesa. ¡Queda de feo! Lo que sí va arriba del mantel son las manos, para estar seguros de que no están puestas sobre las piernas… de la vecina, que no es la esposa. Sobre las piernas lo que hay que poner es la servilleta. Sobre las piernas propias, no de la vecina. La servilleta se usa para limpiarse los labios, pero para eso hay que levantarla de las piernas, a menos que uno sea un contorsionista chino. ¿Vieron cómo hacen los contorsionistas chinos? Se sientan en la silla con la cabeza y en el respaldo ponen el c… cúbito dorsal, que viene a ser algo así como el… cúbito dorsal. O dorso cubital. O… bueno, prosigamos. Cuando traen la comida, hay que comer. Sí, para eso la traen. Pero lo que quería decir es que hay que comer con la boca cerrada. ¿Y cómo como si tengo la boca cerrada? Es una incongruencia. Cómo como… Esto también suena mal, ¿verdad? La cuestión es que para comer tengo que abrir la boca. Ah, lo que dicen es que hay que masticar con la boca cerrada. El problema es si te falla el Corega. Hay varias cosas que no se pueden hacer, que están mal, que lo descolocan a uno, que lo hacen pasar como un bruto: mojar el pan en la salsa, ponerse el cuchillo en la boca, hablar con la boca llena y hurgarse los dientes con un palillo. Ah, y hacer provechito. Qué también suena mal, ¿no?

Este relato forma parte de la serie “Relatos en positivo”.

Curso de Protocolo – Parte I

Estuve haciendo un curso de protocolo. No, no lo dicté yo. Lo tomé. El curso, digo. Es muy interesante el protocolo. Lo primero que te enseñan es cómo poner la mesa. Porque te cuento que hay reglas muy estrictas acerca de cómo poner la mesa. En realidad, la mesa ya está puesta, pero ahora hay que vestirla. Se la cubre con el mantel, para que cuando lleguen los invitados de la anfitriona, no la vean desnuda. Me refiero a la mesa, no a la anfitriona. ¡Se imaginan si estuviera desnuda! La mesa, no la anfitriona. ¡Se le verían las patas, y eso es muy feo! Sobre todo si tiene patas feas. Sigo hablando de la mesa, no de la anfitriona. El mantel conviene que sea de hilo… y sí, ¡no va a ser de alambre! Digo, que sea de hilo, no de plástico y esas cosas. Hay que tratar de que el mantel sea de color blanco o crudo… Crudo el mantel, no la comida, que si está cruda es un adefesio. La mesa tiene que estar enmantelada e iluminada para que todos vean bien lo que comen. Aunque si la comida está cruda, lo mejor es que no la vean. Pero, en fin, iluminemos nomás. Arriba de la mesa vestida se pone la vajilla, que tiene que hacer juego con el mantel. No, no quiero decir que los platos y cubiertos deban ser de hilo blanco o crudo, sino que todo tiene que estar en armonía: mantel, cubiertos, copas… También el motivo floral o las velas. Ah sí, porque si la cena es paqueta, se colocan flores o velas. O flores y velas. O velas. O flores. Se pone un centro de mesa. Otro, porque la mesa ya tiene un centro. Aunque no sea redonda. Se puede armar un bouquet de calas y crisantemos, por ejemplo, que son flores que pasan desapercibidas. Por lo pequeñas, digo. Porque no es cuestión de sobrecargar el adorno y obstaculizar la visión de los comensales. Además de la mesa se ponen sillas, para que los invitados se sienten. Y, ¡no van a comer parados, pobres! Las sillas también se pueden vestir o no. Los que sí tienen que estar vestidos son los invitados, porque si no se arma una… Arriba de la mesa se ponen los platos, las copas y los cubiertos. Primero un bajo plato y luego un plato playo. No sé para qué, si cuando viene la comida, la traen servida en otro plato y quitan el que estaba puesto. ¡Es de complicado!  Al lado de los platos se disponen los cubiertos: el cuchillo, la pala de pescado y la cuchara a la derecha del plato y el tenedor a la izquierda. Eso si el invitado es diestro, porque si es zurdo… se ponen de la misma manera. ¡El mundo no está hecho para los zurdos! ¡Ojo! No es una declaración política, sino que estoy hablando de los que usan la mano izquierda como si fuera la derecha. A ver si alguno lo toma a mal y tengo problemas. Hablando de tomar, frente a los platos se colocan las copas. Las copas se ponen en fila, porque si no, después de chup… de beber unos tragos, no las encontrás. Se pone primero la de agua, luego la de vino tinto, al lado la de vino blanco, entre ellas la de champagne y así sucesivamente. Finalmente, se colocan las servilletas. Las servilletas también deben ser de hilo y hacer juego con el mantel. Se colocan a la izquierda del plato para que los diestros puedan limpiarse la boca. Y los zurdos también. Y así, finalmente, tenemos todo listo para comenzar a comer. ¡Buen provecho!

Este relato forma parte de la serie “Relatos en positivo”.