Este relato forma parte de la serie “Ciento un relatos que siento uno”.
Blanca agonía
Claudia estaba sola. Agonizaba. El rostro pálido y ceñido denotaba un resignado sufrimiento, una sufrida resignación. El cuarto se anunciaba mortecino, con apenas la luz que se filtraba por la celosía de tablillas desparejas. Un silencio solemne dominaba el volumen encerrado entre las blancas paredes, el piso y cielorraso también blancos, las sábanas blancas del lecho y los rasgos color tiza de Claudia que ligeramente asomaban bajo aquellas. Eran los últimos momentos de una larga y dolorosa enfermedad, esa que sólo se nombra en voz baja y que motiva la pregunta repetida de “¿cómo la ciencia no encontró una cura?”. Un gemido contiguo interrumpía por momentos el ominoso silencio blanco que pesaba sobre la habitación. Es que allí, en la clínica oncológica, cada cuarto discurría por pequeñas temporadas de cientos de historias diferentes, como la de Claudia y su afección. El tumor iniciado en el estómago había viajado hasta el cerebro para alojarse allí, desplazando la cordura y los sentidos. De la atildada y elegante figura de Claudia sólo quedaba un recuerdo vago, retratado en una antigua fotografía a la sepia que adornaba la mesa de noche. Nada más. La salud había abdicado frente a la cruel dolencia que acabara primero con la familia y ahora se ensañaba con la enferma. De pronto, una luz blanca y radiante se coló por la mirilla, trepando hasta el rostro semioculto por las sábanas. Una sonrisa blanca y radiante iluminó el perfil, al tiempo que las sábanas dejaron de moverse al ritmo de la respiración. Sobre la mesa de noche, la antigua fotografía a la sepia ahora estaba en blanco.
Este relato forma parte de la serie “Relatos extravagantes (algunos incluso raros)”.
Veinte mil palabras (doscientos cuentos de cien palabras)
51. Historia con paraguas
Gerardo era jovial, alegre, desaprensivo y muy molesto. Hacía bromas pesadas a cualquiera sin ninguna contemplación. Había preparado un viejo paraguas para lanzar chorros de agua en la cara de la gente que pasara frente a él. Una noche de intensa lluvia, resguardado bajo un toldo iluminado con una guirnalda de luces encendidas, esperó para probar su nuevo chasco. De pronto vio llegar la oportunidad. Sonriendo maliciosamente, levantó el adminículo… y ya no supo nada más… La gente lamentó la mala suerte del joven que justamente había embocado la punta metálica del paraguas en el único portalámparas sin bombilla eléctrica…
54. Concatenados
(Relato en el que la última letra de cada palabra es la primera de la palabra siguiente)
Quien no origina alrededor relaciones sinceras se exime en no ocasionales situaciones -si incorpora activa amistad- de explicitar razones siempre embarazosas. Sólo oportunidades superiores soportan nuestra actitud de entusiasmo ocasional levemente envanecido, originado obviamente en nuestra aparente estructura animada. Así, interpretamos sucintamente esos significantes -¿significados?- sobre el legítimo orden natural. Los sucesos siguientes se encadenan normalmente en numerosas sucesivas simplicidades sociales. Si integramos sabiamente el lugar real, lograremos ser reconocidos; si interpretamos solamente el lúdico ocaso, obtendremos singulares satisfacciones sin necesidad de exponer rasgos sociales sin sentido. Se suele enorgullecer retrospectivamente el lenguaje elogiando ostensiblemente el lazo original –literalmente- elegido.
55. La Mona Lisa y el ladrón
¡Cuánto pugnó por conseguirla! Desde que la vio por primera vez, la buscó por todas partes sin descanso, sin perder nunca la esperanza de conquistarla. Por ella se convirtió en ladrón. Estaba profundamente enamorado de ese rostro, de esa figura misteriosa. La deseaba. Nunca una pintura había despertado una pasión tan intensa como la que motivaba en Eduardo la famosa Mona Lisa. Y ahora la tenía sólo para sí, podía disfrutarla en su oscura soledad. Ella, mientras tanto, continuaba mostrando la sonrisa enigmática desde la tapa de la lata de dulce de batata marca “La Gioconda” que él había robado.
Estos relatos forman parte de la serie “Cuentos de cien palabras”.
Textos improbables
De conquistadores y conquistados – Enero 20, 2012
- Juan de Ahumada tenía olor a humo
- Gonzalo Calvo usaba peluca
- Juan de Arboleda era de madera
- Lorenzo Bernal del Mercado vino a América pensando que era una feria
- A Francisco, Gonzalo, Hernando y Juan Pizarro les decían “los pizarrones”, porque estaban siempre manchados de tiza
Estos textos forman parte de la serie “Textos improbables”.
37. Recuerdos
Tomó la delgada cucharilla de bronce patinado y la introdujo lentamente en la fosa derecha, casi como gozando del contacto con la sensible mucosa de la nariz, hasta toparse con el cartilaginoso obstáculo que de golpe se le presentaba. Hizo un esfuerzo por continuar, pero le resultó imposible sortear el vallado del hueso nasal. La hizo girar hacia un lado y hacia el otro, al principio sin resultados aparentes, hasta que finalmente encontró el túnel que la llevaba a su destino. Cuidadosamente, con la suavidad de quien no quiere lastimar, tomó un trozo del cerebro y retirando delicadamente la fina cucharilla, la introdujo en el café que luego bebió de un solo sorbo. Era el modo que había encontrado para reciclar sus recuerdos.
Este relato forma parte de la serie “Ciento un relatos que siento uno”.
Veinte mil palabras (doscientos cuentos de cien palabras)
47. La hoja partida
Tomó del árbol una de las hojas aún verde. La desprendió suavemente tratando de no dañarla. La hoja opuso una leve resistencia pero finalmente cedió a la presión. Delicadamente la acunó en la mano izquierda mientras que con la otra la acariciaba cariñosamente. Al guardarla dentro de su libro más preciado, la hoja se rasgó y un trozo de la punta desapareció. Igualmente la puso en el improvisado estuche donde moraría por algún tiempo. Años más tarde, al abrir el libro casualmente, encontró la hoja. Se había calcado en la página en la que se apoyaba y, extrañamente, estaba entera…
49. La mancha de humedad – Enero 16, 2012
La pared de la escalera mostraba una mancha de humedad. En ella Fabiana descubría figuras dibujadas: ratoncitos, caballos, un circo embanderado… También la imagen de una niña con la que jugaba y a la que llamaba Rocío. Un día le dijo a su madre: “Mami, Rocío quiere que vaya con ella a su mundo, porque está muy sola. ¿Puedo?”. La madre, distraídamente, asintió. Luego, al llamarla a cenar, la niña no respondió. Preocupada, subió a buscarla. Al llegar al descanso, lanzó un grito de terror. En la pared, la mancha había crecido. Ahora parecían dos niñas tomadas de la mano…
50. El viaje
La primera parte del viaje transcurrió sin novedades. El enemigo no intentaba interceptarlo. Navegando en una mansa corriente, se sintió más distendido. Pero un artero ataque inesperado le dio de lleno. Aturdido y malherido, apuró la marcha. La corriente aceleraba y la navegación era ahora una salvaje cabalgata. La correntada, los ataques, todo conspiraba contra el éxito de la misión. Tras un brusco salto final, se internó en una rojiza caverna, incrustándose literalmente en las paredes laterales, dispuesto a soportar el ataque final… En la esterilizada sala de operaciones, el cirujano dijo apesadumbrado: “Es inútil. El coágulo llegó al corazón…”
Estos relatos forman parte de la serie “Cuentos de cien palabras”.
Amores pasajeros
Este relato forma parte de la serie “Relatos en positivo”.
Textos improbables
De conquistadores y conquistados
- Juan de Garay partió de Asunción con un grupo de sesenta hombres y sólo una mujer. Tenía un trabajo, la pobre…
- La mujer se llamaba Díaz, pero trabajaba de noche
- Gerónimo Cabrera tenía muy mal genio
- A Hernando de Soto todo le importaba un ídem
- Pero Afán de Ribera le ponía mucha ambición a sus paseos por la orilla del río
Estos textos forman parte de la serie “Textos improbables”.
Veinte mil palabras (doscientos cuentos de cien palabras)
43. La Araña
(Texto realizado usando exclusivamente la vocal “A”. Homenaje a Lino Palacio, dibujante argentino creador de “Don Fulgencio”, que fue el primero en usar este tipo de relato monovocal en sus historietas)
La araña caza a la mañana. Calma, arma la trampa para alcanzar las ramas más altas. Ata las fajas a las palmas, saca las tramas. Basta palmar para llamarla. Para agarrar las larvas atrapadas, la malvada salta, las acaballa, las masca hasta matarlas. Amarra las tajadas a la baba para adaptarlas a la planta, las amasa hasta ablandarlas, saca las más flacas, las ralas. Al azar, aparta las más aptas -las más gratas al paladar- para yantarlas. ¡Nada más fatal para las cazadas! Mas, al mal, mal. Tras mamar plasma, la bala la atraganta… La araña acaba. ¡Ya nada más!
44. El electricista
Nunca tuve suerte con el gremio de la construcción. Trabajaron en mi casa un pintor daltónico y un albañil alérgico a la cal. ¿Se imaginan? Ahora estoy con el probablemente mejor electricista de la ciudad por la calidad de su trabajo, pero incumplidor como sólo él puede serlo. Si vendrá o no a trabajar es el albur de cada día. “Mañana a las ocho, como de costumbre”, suele decirme. ¡Y aparece cuatro horas más tarde, como de costumbre! Un día de trabajo es una semana; una semana, un mes; un mes… ¡no quiero saberlo! Por suerte, ya termina… ¡Eso espero!
45. El antihéroe
Le encantaba leer historietas. Prácticamente no hacía otra cosa. Vivía las aventuras de los personajes como propias. Así, voló en globo, condujo submarinos, escaló montañas inaccesibles, salvó al mundo de catástrofes nucleares… Y lo más importante, enamoró a cuanta bella mujer se cruzó en su camino. Pero la realidad era bien distinta. Flaco, feo, enjuto, tímido, más bien cobarde, era incapaz de tener una aventura verdadera. Se presentó a una prueba para hacer de antihéroe en una serie de televisión. Debía representar al más bajo, vil y despreciable de los villanos. Pero no lo tomaron: ¡no daba con el perfil!
Estos relatos forman parte de la serie “Cuentos de cien palabras”.
El mate
Este relato forma parte de la serie “Relatos en positivo”.
28. La misa del 1º de enero (II)
Era la primera misa del año. Me dirigí al templo llevando conmigo la modorra del día anterior, que fogoneada por los brindis del champagne, apenas comenzaba a dispersarse. Ella entró casi al mismo tiempo que yo. Caminó a mi lado y se sentó en el mismo banco. Yo me sentía incómodo con su presencia más que humilde, casi miserable. Me corrí hacia el costado del banco, poniendo mayor distancia entre ella y yo. La veía rezar con un fervor rayano en la ansiedad, sin importarle los gestos de la liturgia del día. Al llegar la comunión, se acercó al sacerdote y recibió la hostia. En el colmo de mi indignación, la encaré y le dije: -¿Acaso está lo suficientemente preparada para recibir la comunión?-. Me miró con un gesto de tristeza y me respondió: -No lo sé. Pero ésta es mi única comida del día de hoy.
Este relato forma parte de la serie “Ciento un relatos que siento uno”.
26. La misa del 1º de enero
Lo vi entrar por el medio del templo, cargando a cuestas su propia suciedad sobre la chomba raída, los pantalones hechos jirones y unas zapatillas en las que los dedos de los pies pugnaban por huir. Entró hasta el crucero y se sentó en un banco del costado, a escasos metros de donde yo estaba. No pude evitar un sentimiento de repugnancia hacia su estado lindante en lo inhumano. El sacerdote comenzó la misa y mientras yo la seguía fervoroso y cumpliendo con todos y cada uno de los gestos y palabras de la liturgia, él permanecía sentado, murmurando algunas palabras ininteligibles, que se parecían extrañamente a “Perdón, Dios mío”. Yo lo vigilaba con el rabillo del ojo, pendiente de cuáles serían sus intenciones. Pero nada pasó. Él seguía allí, sentado, envuelto en sus murmullos. Al llegar el momento del saludo de la paz, vi con horror que se acercaba a saludarme. Fingí no verlo y me apresuré a saludar a otros fieles más dignos que estaban dos o tres bancos más atrás que yo. Él hizo un gesto de resignación y volvió a su banco. Al finalizar la misa, volví a mirarlo y casi me desmayo del asombro. En lugar de un pordiosero vestido miserablemente, me encontré con un joven hermoso, vestido con radiantes vestiduras y un halo que lo cubría de cuerpo entero. Enseguida me di cuenta. Me acerqué a él y le dije: -Señor, ¿cuándo viniste?- Él me devolvió una mirada llena de tristeza y me respondió: -Siempre estuve allí. Fueron tus ojos los que no me vieron.
Este relato forma parte de la serie “Ciento un relatos que siento uno”.
25. El artista
Hundió el pincel en el óleo con la suavidad de un pensamiento esbozado apenas. No imaginaba el trazo que habría de desprenderse de la cerda para abrazarse a la tela que lo esperaba ansiosa, tensa sobre el atril que ocupaba la esquina más sombría del sombrío atelier. Mecánicamente, sin pensar en la dirección del movimiento, abanicó la muñeca acariciando el lienzo virgen con el carmesí pastoso que desganadamente se desprendía de su cuna de hebras. Lentamente comenzaron a aparecer unas líneas irreconocibles, unos manchones sin significado, unas espirales contritas que se desdibujaban hacia puntos mínimos. Tomó distancia del cuadro para apreciar su creación, y a pesar de lo irreconocible de las figuras, se sintió satisfecho. Ese fue el final del sexto día.
Este relato forma parte de la serie “Ciento un relatos que siento uno”.
El osario
Trabajaba en la empresa un empleado famoso por sus expresiones extrañas, equivocaciones y frases atolondradas, conocido por el seudónimo de “el oso”. Era tan conspicuo… Sí, dije conspicuo, ¿y qué? Acaso ahora uno no puede ser culto. El oso era conspicuo, atolondrado y equivocado, además de extraño. Por ejemplo, como ejemplo, les doy un ejemplo… Humm, cuántos ejemplos. Me parece que me estoy convirtiendo en un tipo ejemplar. Digo que por ejemplo, ante cualquier duda sobre lo que fuere, aconsejaba “armá un bibliorato”. ¡Armá un bibliorato! ¡Aunque no tuviera nada que ver con lo que estaba pasando! Un día los compañeros se dedicaron a recopilar sus dichos –los de él, no los de ellos-, le endosaron algunos otros que no eran de él e imprimieron un opúsculo que tomó el nombre de “El Osario”. Primero conspicuo y ahora opúsculo… ¡Qué tal! ¿Qué les parece el lenguaje? No quedó ningún ejemplar en existencia, pero haciendo memoria pude recopilar algunas de las expresiones. Por ejemplo, el oso decía de un determinado compañero que ostentaba –ostentaba; tomen nota de ésta también– una excelente memoria, que “fulano tiene una memoria de lince”. De lince. ¡Qué bruto! Si lo que tiene el lince de sobresaliente es el olfato… no, el oído… tampoco… el tacto… bueno, alguno de los siete sentidos que tenemos todos. ¡Cómo que los sentidos son cinco! Acaso no se dice que los gatos tienen siete sentidos. Ah, ¿eran siete vidas? Bueno, da igual, por allí anda la cosa. Otra frase para la posteridad era la que decía cuando algo le salía mal. Entonces ponía voz grave y expresaba “es para hacerse el ikebana con una galletita”. Por supuesto que todos nos reíamos en silencio ante la torpeza. ¡Él quería decir el Hiroshima! ¿Hara kiri? Bueno, también empieza con hache, ¿no? El oso era afecto a los refranes. Conocía muchos, pero los decía mal. Su preferido era “yo solo me lamo un buey”. ¡Qué disparate! Se dice “me lambo”, no me lamo. Otro que usaba con frecuencia cuando algo se hacía en forma muy precaria era “está atado y con calambre”. Pobre oso. Nunca iba a aprender aunque quisiera. En la época en que circulaban por Buenos Aires los famosos trolley buses, él nunca los tomaba porque decía que “le molestaba el olor a nafta”. Pero los trolley eran a gasoil. ¿Ni a nafta ni a gasoil? ¿Eran eléctricos? Vamos, si no había baterías que aguantaran todo el trayecto. ¿Qué para eso eran los cables en la calle donde se colgaba el trolley? Mirá vos lo que son las cosas. Yo creía que eran para sostenerlo porque de tan grandotes los buses resultaban inestables. Un día vimos venir al oso muy preocupado. Había estado con la hermana y el cuñado y volvía muy triste porque el médico les dijo que no podrían tener hijos. -¿Cuál es el problema?,- le preguntamos. -Que o bien él es imponente o ella es esméril-, nos contestó. -Porque por más que tengan relaciones matinales ella es inconcebible-. Lo que es inconcebible es lo que el oso nos contaba. Como el día que nos indicó la manera de llegar hasta un lugar. -Vas derecho por la ruta 205 y cuando llegás a un cruce de caminos, lo tomás-, nos dijo. Le preguntamos -Si es un cruce de caminos, ¿para dónde hay que tomarlo?-. ¿Saben lo que nos contestó? -Para allá, para donde van. Y cuando llegan al supermercado, doblan diez cuadras antes-. Insólito, ¿no? El oso creía que Curapaligüe era un sacerdote, que el cuadro de El Greco se llamaba “El Orgasmo del conde en el entierro” –en lugar de “El entierro del conde de Orgaz”–, que Junio Verle había escrito “Veinte mil lenguas de viejas sin marido” y que las facturas más ricas eran “las pelotas de fraile”. Quería decir las bolas de fraile, que en realidad se llaman suspiros de monjas. Bolas de fraile, suspiros de monja… Bueno, ok, está claro. Pero no es por eso. La factura más rica en realidad son los escoños. Hablando de historia, aseguraba que “Colón salió del puerto a los palos” y se compadecía cuando aseguraba “¡cómo la remó Rómulo para crear Roma!”. También demostraba su admiración por “el médico ese que dejó su país y se fue a atender leprosos en el África, Albert Schwarzenegger”(*) Frases famosas fueron “se despertó despierto”, “ese sí que se parece a sí mismo”, “aquella bebida tiene gusto a líquido”, “faltó por primera vez consecutiva”, “eso es sólido como el agua”, “hay que tener cuidado con el ácido eufórico” o “el motor tiene olor a caliente”. Pero creo que las palmas se las lleva la que dijo durante el mundial de fútbol: “A Maradona le cortaron las piernas como a la Venus de Milo”. ¡Qué bruto! ¿No sabe que la Venus de Milo tiene piernas y brazos y lo que le cortaron es la cabeza? Pero qué va a hacerle. Así era el oso. Muchas de las frases incluidas en el osario seguramente habrán llegado hasta ustedes en forma de chistes contados por amigos o a través de Internet, pero no duden de que el verdadero autor fue el oso. Mis viejos compañeros de trabajo son testículos de esto. Y si tienen dudas, ¡armen un bibliorato!
(*) Para los más jóvenes o los que no lo recuerdan, el famoso médico, filósofo, teólogo y músico se llamaba Albert Schweitzer.
Este relato forma parte de la serie “Relatos en positivo”.
Veinte mil palabras (doscientos cuentos de cien palabras)
38. La sombra
(Homenaje a Don Atahualpa Yupanqui)
Algunas veces se anticipaba a la sombra y otras veces la perseguía. La imagen reflejada en el suelo se abreviaba o ampliaba conforme el sol pegara en su figura. Los contornos, por momentos precisos, unos instantes después se desdibujaban como desflecándose en hilachas. Le gustaba jugar a las carreras con la figura proyectada en las paredes. ¡Y siempre le ganaba! Pero le sucedió lo mismo que a Peter Pan: al cerrar una puerta presurosamente, atrapó la sombra y la cortó despegándola de su cuerpo. De ese modo la perdió. Desde entonces camina solitario, sin proyectar perfil alguno en la vereda.
39. ¡Maldita suerte!
Ni bien salió de la casa vio pasar el primer autobús a medio llenar. Llegando a la parada observó cómo se alejaba un segundo micro. Maldijo la suerte. ¡Otra vez llegaría fuera de horario al trabajo! Esperó con resignación. Diez minutos más tarde pudo subir a un colectivo colmado de gente. Volvió a maldecir. Nuevamente viajaría transpirado, apretujado, pisoteado. La marcha se hizo lenta. El tránsito estaba congestionado. Policías, ambulancias, bomberos… De pronto vio que a un costado de la calle, dos micros de la línea que él tomaba habían volcado diez minutos antes. Todos los pasajeros estaban irremediablemente muertos…
40. El amante de los relojes
Amaba los relojes. Los tenía de todo tipo: de pulsera, de bolsillo, de pared, en anillos, en collares y hasta en aros. Su casa era un warehouse de manecillas, coronas, agujas y esferas relucientes. Le encantaba desarmarlos, limpiarlos, lubricarlos, montarlos nuevamente, ponerlos en hora y echarlos a andar. Tenía la manía de la precisión: todas las máquinas señalaban el mismo horario con exactitud. Un día se enfermó y ya no pudo seguir atendiendo sus preciados aparatos. Algunos se atrasaron; otros directamente dejaron de funcionar. Tras seis meses de agonía, falleció. Ese día, todos los relojes marcaban exactamente la misma hora…
Estos relatos forman parte de la serie “Cuentos de cien palabras”.
Beit Léjem (*)
Las contracciones se volvían más y más frecuentes. Tras casi cien mille passus a lomo de burro por caminos de montaña que atravesaban la hostil Samaria, el largo e incómodo viaje iniciado cinco jornadas antes no hacía más que apresurar el momento del parto. Era un verano caluroso ese verano. Los últimos estertores del mes de elul y el incipiente comienzo del de tishri marcaban a fuego el prado en el que algunos pastores vigilaban los rebaños a cielo abierto. El borrico se empacaba de a tramos y la mujer, sublimando las molestias en el gozo de su incipiente maternidad, soportaba estoicamente los berrinches del animal, mientras el hombre atizaba con una vara de fresno los traseros del jumento. La mujer apoyaba las manos en el vientre, como protegiendo el tesoro que portaba. Sólo ella y el esposo sabían quién era ese pequeño tan excepcionalmente concebido, o más aún, quien habría de ser cuando por fin viera la luz. Al torcer el camino en la última curva hacia la izquierda apareció sinuoso el perfil de la minúscula aldea. Era ya la hora del crepúsculo. Lejos habían quedado la postrera rebanada de pan y los restos del pescado con el que ambos peregrinos habían disimulado el hambre que los acompañaba desde la lejana Nazareth. El hombre suspiró. A escasas diez pérticas del lugar en que habían tomado un último descanso, se alzaba la figura inconfundible de una posada. Dejó a la mujer sentada en una piedra plana al costado del camino y se dirigió al hospedaje. En un pequeño bolso de cuero de carnero llevaba los denarios trabajosamente ahorrados en su profesión de carpintero. La mujer lo vio irse y también lo vio volver con el rostro trastornado. No había habitaciones disponibles en el pueblo y los espasmos se repetían con mayor asiduidad. Inesperadamente, el asno comenzó a caminar. El hombre intentó detenerlo pero las fuerzas no lo acompañaron. El animal se dirigió con paso firme hacia una barraca cavada en la roca donde se amontonaban unos cuantos fardos de pasto. Apoyada en el brazo del esposo, la mujer caminó tras el borrico. Unos instantes más tarde, un llanto pronunciado llenó la cueva, mientras el hombre cortaba con los dientes el cordón umbilical.
Este relato es una ficción basada en el nacimiento de Jesús, no necesariamente apegado a la verdad teológica, por lo que debe ser considerado simplemente como lo que es: un cuento que intenta enfatizar el lado humano de la Sagrada Familia, sin negar ni minimizar el aspecto mistérico y providencial del advenimiento del Salvador en el que creemos los cristianos.
(*) En hebreo, “la casa del pan”
Este relato forma parte de la serie “Con efe de Fe”.
19. El río
El agua clara tintinea acariciando el cuerpo sumergido. Una mano en la cabeza; la otra, perdida entre manos amigas. Un silencio denso y al mismo tiempo suave planea en la tarde. De pronto, un ave se desliza volando y un sonido casi humano resuena entre las nubes. Los hombres se miran y sonríen. El milagro improbable de perdonar pecados que no existen, ha comenzado aquella tarde en el Jordán.
Este relato forma parte de la serie “Ciento un relatos que siento uno”.
Curso de Protocolo – Parte III
Este relato forma parte de la serie “Relatos en positivo”.
Curso de Protocolo – Parte II
Este relato forma parte de la serie “Relatos en positivo”.
Curso de Protocolo – Parte I
Estuve haciendo un curso de protocolo. No, no lo dicté yo. Lo tomé. El curso, digo. Es muy interesante el protocolo. Lo primero que te enseñan es cómo poner la mesa. Porque te cuento que hay reglas muy estrictas acerca de cómo poner la mesa. En realidad, la mesa ya está puesta, pero ahora hay que vestirla. Se la cubre con el mantel, para que cuando lleguen los invitados de la anfitriona, no la vean desnuda. Me refiero a la mesa, no a la anfitriona. ¡Se imaginan si estuviera desnuda! La mesa, no la anfitriona. ¡Se le verían las patas, y eso es muy feo! Sobre todo si tiene patas feas. Sigo hablando de la mesa, no de la anfitriona. El mantel conviene que sea de hilo… y sí, ¡no va a ser de alambre! Digo, que sea de hilo, no de plástico y esas cosas. Hay que tratar de que el mantel sea de color blanco o crudo… Crudo el mantel, no la comida, que si está cruda es un adefesio. La mesa tiene que estar enmantelada e iluminada para que todos vean bien lo que comen. Aunque si la comida está cruda, lo mejor es que no la vean. Pero, en fin, iluminemos nomás. Arriba de la mesa vestida se pone la vajilla, que tiene que hacer juego con el mantel. No, no quiero decir que los platos y cubiertos deban ser de hilo blanco o crudo, sino que todo tiene que estar en armonía: mantel, cubiertos, copas… También el motivo floral o las velas. Ah sí, porque si la cena es paqueta, se colocan flores o velas. O flores y velas. O velas. O flores. Se pone un centro de mesa. Otro, porque la mesa ya tiene un centro. Aunque no sea redonda. Se puede armar un bouquet de calas y crisantemos, por ejemplo, que son flores que pasan desapercibidas. Por lo pequeñas, digo. Porque no es cuestión de sobrecargar el adorno y obstaculizar la visión de los comensales. Además de la mesa se ponen sillas, para que los invitados se sienten. Y, ¡no van a comer parados, pobres! Las sillas también se pueden vestir o no. Los que sí tienen que estar vestidos son los invitados, porque si no se arma una… Arriba de la mesa se ponen los platos, las copas y los cubiertos. Primero un bajo plato y luego un plato playo. No sé para qué, si cuando viene la comida, la traen servida en otro plato y quitan el que estaba puesto. ¡Es de complicado! Al lado de los platos se disponen los cubiertos: el cuchillo, la pala de pescado y la cuchara a la derecha del plato y el tenedor a la izquierda. Eso si el invitado es diestro, porque si es zurdo… se ponen de la misma manera. ¡El mundo no está hecho para los zurdos! ¡Ojo! No es una declaración política, sino que estoy hablando de los que usan la mano izquierda como si fuera la derecha. A ver si alguno lo toma a mal y tengo problemas. Hablando de tomar, frente a los platos se colocan las copas. Las copas se ponen en fila, porque si no, después de chup… de beber unos tragos, no las encontrás. Se pone primero la de agua, luego la de vino tinto, al lado la de vino blanco, entre ellas la de champagne y así sucesivamente. Finalmente, se colocan las servilletas. Las servilletas también deben ser de hilo y hacer juego con el mantel. Se colocan a la izquierda del plato para que los diestros puedan limpiarse la boca. Y los zurdos también. Y así, finalmente, tenemos todo listo para comenzar a comer. ¡Buen provecho!
Este relato forma parte de la serie “Relatos en positivo”.