Intemperancia – La emancipación

Pareja durmiendo 1Lo primero fue la división de las almohadas. Ella adujo que un único cabezal no le permitía adoptar su posición favorita de dormir boca abajo. Él aceptó resignado y pusieron dos cojines distintos: delgado y blando para ella, alto y duro para él. Funcionó bien durante algún tiempo. Luego siguió el alejamiento de las camas. La razón esta vez fue que él dormía anárquica y desmañadamente arrastrando hacia sí sábanas y cobijas. Él volvió a acceder. Archivaron el lecho matrimonial y colocaron dos camas individuales separadas por una mesa de noche. Así vivieron hasta que ella planteó que los ronquidos de él no la dejaban conciliar el sueño. Él aceptó mudar sus desdichas al cuarto que hasta unos años antes habían ocupado los hijos. La separación definitiva sucedió un año más tarde. Él huyó con una mujer que no tenía problemas de almohadas, sábanas o ronquidos. Ella permaneció en la casa, muy cómoda, completamente sola.

 Este relato forma parte de la serie “Relatos y correlatos”.

49. Espectral

EspectrosMiró hacia un lado. Nadie. Giró la cabeza hacia el otro. Tampoco. La calle parecía desierta. Un viento gélido barría las hojas de la acera. Las nubes ocultaban un sol desentendido. Se pegó a la pared del edificio para ocultarse. Así caminó hasta la esquina. El rumor del silencio lo torturaba. Al llegar a la bocacalle vio el semáforo titilando en amarillo. Ningún otro signo de vida. Ningún sonido. Sólo el viento que aullaba en la vereda. Decidió cruzar la calle. Cautelosamente, pisando de puntillas, recorrió el espacio que lo separaba de la vereda norte. Bruscamente, un automóvil se le vino encima. Lo eludió de un salto, y al mirarlo pasar, notó que nadie lo conducía. Puso una mano sobre los ojos y entonces descubrió que no tenía ojos ni tampoco manos. Quiso palpar su cuerpo pero no halló un cuerpo. En ese instante, una multitud de espectros llenó la calle clamando con voces de bienvenida. Por primera vez, sonrió. Ya nunca más estaría solo.

Este relato forma parte del libro “Ciento un relatos que siento uno” publicado en Diciembre de 2010.

El cumpleaños del General

GeneralEl General miró hacia atrás, hacia el espacio vacío suspendido entre el sillón en el que se apoltronaba y la pared que mostraba orgullosa la fotografía del día en que ganara la primera medalla olímpica de equitación. Con los ojos entornados miraba sin ver hacia ese lugar en el que los recuerdos se amontonaban como en gastadas nubes indecisas. Recordaba aquella triste ocasión, cuando siendo apenas un niño le dijera a su madre que quería abrazar la carrera militar y ella le negara el permiso. -“Cuando seas mayor, decidirás por ti mismo, pero ahora soy yo quien te debe autorizar. Y no lo hago”-, le había dicho. El ansiado momento llegó varios años después. Para entonces, la postura fue distinta. -“Madre”-, le dijo, -“voy a enrolarme en el ejército”. La madre lo miró con ojos transparentes y le respondió: -“Este es tu tiempo, hijo mío. Haz lo que creas que debes hacer, y yo respetaré tu decisión”. Así fue como se inició en la carrera de las armas que hoy rememoraba. En sus ensoñaciones recordaba las largas jornadas de estudio en el Colegio Militar, los gratos momentos de camaradería dentro de la rígida disciplina, las largas cabalgatas en su inseparable alazán, las noches de frío en el vivac junto a las ríspidas laderas de la vieja montaña cercana a su terruño, los duros entrenamientos, los acampes, los combates simulados… Todos los recuerdos pasaban por su mente en una sucesión ininterrumpida. De pronto se cruzó ante él el horror de la guerra, la confrontación que asoló el país y todo el espanto posterior: la persecución incomprensible, las mentiras, los falsos testimonios que terminaron en juicios tan faltos de juicio como de justicia. De pronto se apagaron las luces y unas voces entonaron “Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz…”. Los recuerdos volvieron a su cuna y el presente se enseñoreó otra vez del momento. Ese día el General cumplió un nuevo año…

Este relato forma parte de la serie “Relatos y correlatos”.

92. El ciego

CiegoEl toc-toc del bastón se escuchaba nítido en la noche. Más que avanzar, el ciego retrocedía hacia adelante, con esa lentitud tan propia que ocasiona la inseguridad. A tientas, medía cada siguiente paso como un director de orquesta preanuncia el próximo movimiento. El ciego proyectaba una sombra que no veía, sobre una vereda muda a sus sentidos, sobre paredes que no alcanzaba a percibir. Los sonidos y olores eran su guía. La oscuridad, su universo brillante. De pronto, la lluvia cayó inmisericorde sobre su espalda curvada. El ciego esbozó una sonrisa. Al fin alguien, a lo lejos, le hacía una caricia.

 Este relato forma parte del libro “Ciento un relatos que siento uno” publicado en Diciembre de 2010.

Definiciones y expresiones – Cuarta parte

Definiciones 2Como recibí muy buenas críticas a la tercera parte de las Definiciones y expresiones, me decidí a entregarles una más, que aquí va:

  1. Me hicieron de goma. Eva
  2. Hacer la de uno. Luego la de dos, la de tres, la de cuatro… Como la tabla de multiplicar, ¿vieron?
  3. Salir con la fresca. De todas las hermanas, descartar a las que se emborrachan
  4. Salir como rata por tirante. ¿Estamos hablando de los políticos argentinos? Ah, ¿no era eso?
  5. Barajar y dar de nuevo. ¡Ojo que esto no se aplica a los matrimonios, eh!
  6. Estar armado hasta los dientes. ¡Qué lindos te quedan los “brackets”!
  7. Hacerse la croqueta. Mezclar todos los restos de comida del día anterior para la vianda del mediodía
  8. Cortar por lo sano. ¡Ay, este cirujano corto de vista!
  9. Tentar al diablo. ¿Al diablo vas a tentar? Andáaaaaaa
  10. Cavarse la fosa. Y, si no tenés guita para pagarte un Jardín de Paz, qué le vas a hacer
  11. Gil de goma. A veces no hay suficiente goma para tantos giles
  12. Contar los garbanzos. Las elecciones vienen reñidas
  13. Contar los porotos. Las elecciones vienen MUY reñidas
  14. Más rápido que un bombero. Me acuerdo de un bombero que para hacerle una broma le enjabonaron el palo. Llegó al tercer subsuelo en menos de un segundo
  15. Más duro que una piedra. A menos que sea piedra pómez
  16. Ver la paja en el ojo ajeno. ¡Qué ojo raro tiene! A menos que sea el personaje de “El mago de Oz”
  17. Estar afilado. Esto es tener espíritu de cuchillo. Y si es mujer, de tijera
  18. Estar como un violín. Apoyado en el hombro de alguien que te acaricia con un palo
  19. No tener ni arte ni parte. Me hace acordar a algunos artistas que no tienen arte, pero que saben muy bien cómo mandarse la parte
  20. Ausente sin aviso. Pero seguro que con excusas creíbles
  21. Persevera y triunfarás. Por eso algunos políticos y sindicalistas están treinta años en el poder
  22. Cortito como patada de chancho. ¡Qué buenos son los chanchos para jugar al metegol!
  23. Matar al mensajero. Eso se produce cuando sospechamos que nuestra esposa nos engaña con el cartero
  24. Poner las barbas en remojo. ¿Y si sos lampiño, qué ponés en remojo? No, mejor no me lo digas
  25. Tocar el cielo con las manos. ¿Será lo que les pasó a los pilotos de Aerolíneas cuando llevaban a la Xipolitakis?
  26. Nadie nació sabiendo. ¡Qué suerte tiene este Nadie!
  27. Poner cara de “yo no fui”. ¿Quién dijo eso? ¡Yo no fui!
  28. Saltar el cerco. ¿Así que mandaste plata al exterior?
  29. Más culo que cabeza. Eso dicen de las arañas de galpón y de mi cuñado el millonario
  30. En un lugar de La Mancha… Es lo único que me acuerdo del Quijote
  31. Como bola sin manija. La verdad, no me imagino una bola con manija
  32. Tener la sartén por el mango. ¿Probaste alguna vez de sacar el sartén del fuego agarrándolo por el borde? Ni en el Instituto del Quemado te aceptan
  33. Más rápido que una liebre. Que una liebre rápida, por supuesto. Porque las que yo conozco, están en escabeche
  34. Con la sangre en el ojo. No sé si es un orzuelo o una conjuntivitis viral
  35. Como perro en cancha de bochas. ¡Qué ordinario! ¿No queda mejor decir “como can en salón de bowling”?

Este relato forma parte de la serie “Relatos en positivo”.

La gata y la enredadera

Gato y enredaderaAyer tuve una tarde emocionante. Es decir, mezcla de emotiva y conmocionante. La gata de mi vecina se cayó en mi enredadera. Se llama Blanca. No, la enredadera no se llama Blanca. Mi vecina tampoco. La que se llama Blanca es la gata. En realidad, ella no se llama, sino que la llaman. Y aunque la llaman, muchas veces ni siquiera acude al llamado. A la gata la llaman Blanca porque es negra y con manchas amarillas. Más que una gata, parece un taxi. Tal vez deberían llamarla Uber, pero esa es otra historia. La cuestión es que Blanca se cayó del balcón del quinto piso y arrastró en su caída tres macetas, un corpiño y siete broches para la ropa. ¿Siete broches para un corpiño? Me gustaría conocer a la dueña. En realidad, la conozco, y deduzco que el corpiño no es de ella. Cuestión de tacto, ¿vieron? Blanca cayó sobre la enredadera y armó un desquicio de novela. Quiero decir, de no-verla. Porque miré cómo quedaron el patio y el jazmín y me puse a llorar. Y la gata, para no ser menos, también se puso a llorar. Era un concierto a dos maullidos. Al rato me calmé, pero Blanca siguió gritando como un cochino. En realidad, yo no sé cómo gritan los cochinos, pero esta gata seguro que gritaba como ellos. En eso vino la dueña de la gata, que no se llama Blanca. Digo que la dueña no se llama Blanca. Le puse una escalera, ella se subió y comenzó a llamarla. Creo que Blanca –la gata- es sorda, porque ni pel… ni caso le hacía a la dueña. A mí me parece que la deben tratar mal, porque no amagaba moverse. Seguro que estaba asustada. La gata, digo. Aunque la dueña también estaba asustada. Estaba en un hueco del jazmín, maullando como un bebé, pero totalmente inmóvil. La gata, no la dueña. Como la dueña no conseguía ningún resultado, mi orgullo de varón me impulsó a un acto caballeresco, así que me subí a la enredadera, caminé por las ramas secas y agarré a la gata. Claro, las ramas estaban demasiado secas y yo tengo algunos kilos de más. Como cincuenta kilos de más. Pero pude salvar al felino y dárselo felizmente a su dueña. Así que ahora estoy escribiendo esta hermosa historia desde la cama del hospital, con un tornillo en la pierna izquierda y una luxación de cadera que me duele mucho mucho mucho. Ah, y los arañazos no importan. El cirujano plástico dice que con unos catorce trasplantes de piel voy a quedar como nuevo. Hasta la vista.

Este relato forma parte de la serie “Relatos en positivo”.

La cachimba del abuelo viejo

Anciano en mecedoraSentado en la mecedora de paja, con su vieja cachimba humeante entre las manos arrugadas por los años y el trabajo duro e inmisericorde, el abuelo parecía más viejo que de costumbre. Los ojos cerrados sobre los pensamientos que se elevaban en volutas junto con el humo de sabor a chocolate de la pipa de caña; el ceño fruncido, como procurando retener el tiempo entre las arrugas; el vaivén lento e incesante de la silla… Era como una móvil escultura teñida de misterio descubierta entre polvo y humedades. Una manta con el dibujo escocés de las tierras altas se adormecía sobre sus piernas adormecidas. Las sombras de la habitación en penumbras parecían cobijar la pequeña figura apenas bamboleante, mientras que un rayo de luz que se colaba dificultosamente por una hendija de la celosía marcaba fintas de un débil amarillo sobre el rostro. El anciano pasaba largas horas en la habitación plagada de silencios mientras la vida bullía tras la puerta en la sala, en el patio, en la cocina, en el resto de la casa toda. Nadie acompañaba su soledad, salvo dos veces al día, cuando le acercaban la comida que él consumía con la lentitud que le daban los años, antes de acostarse en el desvencijado camastro para huir de una realidad inexorable y agobiante. Una noche, sin embargo, cuando la puerta se abrió para dar entrada a una nueva cena, el almuerzo reposaba intacto sobre la mesa, la pipa permanecía fría y apagada entre las manos arrugadas por los años y el trabajo duro e inmisericorde, el ceño fruncido y los ojos cerrados, mientras la hamaca, propulsada por una inercia inexplicable, continuaba con su lento bamboleo.

Este relato forma parte de la serie “Relatos extravagantes (algunos incluso raros)”.