Omnia mea mecum porto* 

BíasBías era, sin dudas, uno de los hombres más sabios de la época. Los habitantes de Priene lo tenían como su hijo más dilecto. ¡Y vaya que lo merecía! Si gracias a su ingenio la ciudad había sobrevivido al sitio de Aliates, rey de Lidia, el cuarto monarca de la región de la antigua Anatolia., quien, llevado por su soberbia apostaba a hambrear la ciudad para luego tomarla por asalto. Pero no contaba con la sagacidad del sabio. Bías hizo levantar montículos de arena que cubrió en su totalidad con espigas de trigo, haciéndole creer a su sitiador que la población tenía alimentos suficientes como para resistir durante mucho tiempo el asedio. Corrido a su vez por el hambre, Aliates se retiró sin intentar siquiera atacar la ciudad. Pero Priene parecía tener como destino ser agredida por diversos enemigos. Años más tarde fue Ciro, rey de Persia, quien intentó con mejor suerte forzar un ataque. En esa ocasión no hubo milagros y los habitantes tuvieron que abandonar la ciudad. Todos procuraban llevar consigo la mayor cantidad de objetos de valor que pudieran cargar en sus carros y animales. En realidad, no todos. Bías caminaba solo, sin otro tesoro que una raída túnica. Un vecino, al verlo caminar con displicencia, le preguntó si no llevaría algunos enseres consigo. Bías lo miró a los ojos, y con una tenue sonrisa en los labios, le respondió: “Llevo conmigo todas mis cosas”. Y siguió caminando lentamente…

* “Llevo conmigo todas mis cosas”

Este relato forma parte de la serie “Relatos y correlatos”. 

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La discusión

discusión(Ejercicio del taller literario – Dos personas están discutiendo. Yo soy un tercero que describe la discusión)

Una tarde asistí en forma inesperada a una disputa callejera entre una hermosa joven y un señor mayor que parecía ser el padre. El hombre esgrimía airadamente diversas razones basándose en sus sesenta años, mientras ella se aferraba gritando al impulso aún joven de los treinta. Las frases, los tonos, los gestos, configuraban un conjunto de equívocos y recíproca sordera. “No podés hacerme esto”, decía él, a lo que ella replicaba “Vos no me entendés, no me entendiste nunca”. Y así continuaron discutiendo durante largo tiempo, ajenos a mi presencia. Sin moverme del lugar, comencé a silbar con suavidad la novena sinfonía de Beethoven, el conocido “Himno a la Alegría”. Ambos se volvieron hacia mí al escuchar el silbo. Sin dejar de entonar, empecé a menear el cuerpo acompañando la melodía y acompasando el ritmo con las manos. Ellos reencontraron sus miradas y casi simultáneamente balbucearon “Perdoname”, al tiempo que se arrojaban mutuamente en los brazos del otro. Mientas me retiraba silbando quedamente, por el rabillo del ojo pude ver la fuerza de ese abrazo.

Este relato forma parte de la serie “Relatos y correlatos”.

La diferencia

cima(Adaptado de un texto anónimo recibido vía internet)

La diferencia entre un hombre y otro no se encuentra en la fuerza o en la destreza al hacer las cosas, sino en aprovechar apropiadamente las lecciones que nos da la experiencia. Según decían los antiguos, la naturaleza no avanza a los saltos, como así tampoco el crecimiento. La experiencia no reside en lo que se ha conseguido sino en lo que se ha aprendido, porque lo importante no es llegar una sola vez con el máximo esfuerzo, sino conocer todos los senderos posibles para estar seguros de llegar todas las veces a la cima, pero simultáneamente disfrutando del paisaje.

Este relato forma parte de la serie “Cuentos de cien palabras”

Baremo (El eje del fiel de la balanza)

pisadasCaminaba como un equilibrista sobre la cuerda floja, pisando suavemente con el talón de un pie tocando apenas el dedo mayor del otro. No era una modelo desfilando en una pasarela ni un niño jugando a la pisada. Tampoco se trataba de un intento de llamar la atención sobre su figura anodina. Era más bien esa fobia paranoica y obsesiva de caminar sin pisar las líneas de baldosas para evitar el desequilibrio de un piso imposible de desequilibrar, excepto quizás para su mente enferma. Y así andaba a los tumbos por la ciudad que se reía a sus espaldas, con el amanecer del sueño mutilando el ritmo de los pasos. Nunca pudo dominar su neurosis border line. Nunca. A decir verdad, nunca no. Porque una vez, al cruzar la calle con el semáforo en rojo, terminó pisando los bordes de las nubes, aunque nadie, ni él mismo, se enteró.

Este relato forma parte de la serie “Relatos y correlatos”.

Desencuentros telefónicos

LlamadoRodolfo debía hablar urgentemente con Carlos, un cliente importante. Al no encontrarlo, y como su celular no funcionaba, dejó en el contestador el número de Leticia, la secretaria, sin aclarar que era de ella. Carlos llamó, pero nadie lo atendió. Entonces dejó a su vez un mensaje que decía simplemente: “Habla Carlos. Llamame a las nueve”. Más tarde, Leticia, intrigada, devolvió el misterioso llamado. Carlos pulsó el botón del altavoz y escuchó: “Hola. Habla Leticia. ¿Podés atenderme?”. Él se quedó mudo. Ella, ante el silencio, cortó… Carlos nunca pudo hacerle entender a la esposa que no conocía a ninguna Leticia…

Este relato forma parte de la serie “Cuentos de cien palabras”

Soy un revólver

revólver(Ejercicio de composición en el taller literario)

Estoy listo sin quererlo para aquello de lo cual no tengo conciencia ni guardo culpa alguna. Rígido, insensible, reposo en el fondo oscuro de un bolsillo tan impiadosamente frío como yo mismo, rodeado de pelusas y monedas que se rozan con ahogados gemidos metálicos. Dentro de mí, la preñez de un plomo con un nombre grabado en el vacío, alimenta la ilusión de poner fin abruptamente al odio. ¡Vana esperanza, aplacar el odio con el odio! Vana esperanza pensar que un fruto de mis entrañas tenga tal poder sobre las ideas de los otros. Sin embargo, basta un solo chasquido de la pólvora para lograr el clímax tras el estampido. ¿Por qué ese descanso inanimado? ¿Por qué el destino inexorable? Nada puedo hacer para torcerlo. Nada. Entonces, me acuno en el silencio de la oscuridad que me protege.

Este relato forma parte de la serie “Relatos y correlatos”.

El Mio Cid

Cid(Estructura de un cuento: introducción, nudo y desenlace)

El orgullo lo mantenía enhiesto en la cabalgadura, como si de ello dependiera su destino. No tenía pensamientos ni miradas, rodeado de la profunda soledad de los cientos que marchaban a su lado, tan solos como él. Arremetió contra el horizonte de ojos atónitos que comenzaron a retroceder ante el galope triunfal de su caballo. Nadie advirtió bajo el yelmo el rictus de sus labios. Sólo el lugarteniente que lo amarrara a la montura sabía que el Campeador estaba muerto.

Este relato forma parte de la serie “Relatos y correlatos”.