El dedo – escritura en “deformismo” (fantasía, absurdo, ciencia ficción)

DedoEl dedo era único, totalmente único en su tipo. No sólo por las huellas espiraladas que lo conformaban, sino por esa honda cicatriz que atravesaba la piel sensible como un rictus fúnebre en un rostro sin tiempo. El dedo se sabía único, a pesar de no conocer otras manos, a pesar de los guantes que ocultaban otros dedos, a pesar de los cientos de brazos que poblaban el cementerio del lugar, ajenos a la agonía mística de este dedo tan distinto de los demás como iguales eran ellos a sí mismos. El dedo crecía, se enervaba eréctil renunciando a su destino, modificando su anatomía hasta transformarse en un monstruo sin contención ni límites, agigantándose hasta la exasperación, hasta aplastar al hombre que lo sostenía.

Este relato forma parte del libro “Ciento un relatos que siento uno” publicado en Diciembre de 2010.

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El examen final

Abuelo y nieto durmiendoCerró los ojos, diluyendo la oscuridad, reemplazándola por otra oscuridad más íntima, más conocida, más cercana. No podía dormir. Los pensamientos colgaban de sus pestañas como lágrimas salobres, como tientos que sostenían sus recuerdos para que no se diluyeran. Era la víspera del examen más importante de su carrera, el que lo haría salir definitivamente de su condición de estudiante para instalarlo en el podio imaginario reservado a los profesionales. ¿Cuántas noches como ésta el insomnio le había ganado al sueño? No había sido fácil para él estudiar y trabajar al mismo tiempo, mantener vigentes una familia y una carrera, desdoblarse entre sus tantas obligaciones de cada día. Pero al fin había llegado. Mañana sería el momento decisivo; el momento de la verdad, como se solía decir; el momento supremo de mudar de vida, aunque nada en realidad cambiara demasiado. Giró en sí sobre el lecho y sin querer tocó la pierna de la persona que dormía entre él y su esposa. Sonrió. Con una mano suavizada por el cariño, acarició la frente de su nieto. También para él habría un mañana.

Este relato forma parte del libro “Ciento un relatos que siento uno” publicado en Diciembre de 2010.

Nueva entrada (fuera de programa)

REGALO DE CUMPLEAÑOS.

Hola a todos.

Como muchos saben, hoy 11 de mayo no sólo es el día del Himno Nacional Argentino, sino también mi cumpleaños.

En agradecimiento a todos los saludos recibidos por distintos medios, quiero ofrecerles un poema que escribí alguna vez y que describe mi actual estado de ánimo.

Es un minipoema titulado “Ser vertical” y dice así.

Espero que les guste.

Gracias a todos.

1. Ser vertical

El altillo

Payaso de porcelanaEl niño miró hacia el techo y descubrió la puerta trampa. Sus siete años se aferraron al barandal de la escalera y poco a poco fue haciendo crujir lastimeramente los peldaños. Se imaginaba a sí mismo como un trapecista o un equilibrista subiendo a jugarse peligrosamente en las alturas. A él le gustaba el circo, todo el circo, excepto los payasos, que le producían un terror incontrolable, visceral. Nunca había tenido una experiencia traumática con ellos, pero la sola pintura de las caras le daba escalofríos de solo mirarlas. Llegó hasta la base del desván. Con la fuerza de la curiosidad hizo deslizar el cerramen y asomó la cabeza en el interior del entretecho. La humedad sacudió su sensible nariz, al tiempo que la oscuridad lo perturbó. Dudó en seguir subiendo, pero se sobrepuso al miedo y de un salto se acomodó en el piso del altillo. Tardó algunos minutos en acomodar la vista a las tinieblas, y cuando estaba a punto de hacerlo, sintió una fría cara tocando la suya. Lanzó un grito y cayó por la escalera. Junto a él, desparramados en el piso, yacían los restos de un viejo payaso de porcelana.

Este relato forma parte del libro “Ciento un relatos que siento uno” publicado en Diciembre de 2010.

Contrición

Revuelo de palomasUna vez más encerró los recuerdos entre los ojos. Una vez más abotonó el chaleco hasta el ojal más cercano a la garganta, como queriendo escapar del frío que pugnaba por colarse bajo el abrigo. Las lágrimas se densaban en las frías mejillas haciendo surcos entre las pestañas y la boca. Pensó en todo lo sucedido: la pelea con la esposa, los gritos, los restos de vajilla adornando el mosaico de la cocina. Y todo por esa tonta aventura, que de amorosa ya no tenía ni siquiera el nombre. Y allí estaba, solo de soledad absoluta, sentado en el banco del parque en plena noche invernal, añorando la tibia caricia que cada mañana lo despertaba de su sueño. Una vez más se arrodilló en la grava y pidió perdón. Las palomas volaron asustadas, sobresaltadas por el ruido del disparo y el fogonazo que iluminó la noche.

Este relato forma parte del libro “Ciento un relatos que siento uno” publicado en Diciembre de 2010.

Pascua 2019

Notre dameHoy es domingo de Pascua, fiesta magna para los cristianos.

Hace unos días se incendió la Catedral de Notre Dame, símbolo del espíritu religioso de Francia y en particular de su capital, París.

Más allá de las connotaciones culturales, religiosas o hasta políticas de este hecho, a mí me sugirió una reflexión particular para esta fecha.

La Catedral colapsó, prácticamente se destruyó, y será reconstruida no en tres días sino quizás en cinco años o tal vez bastantes más.

Es la imagen de un Cristo que colapsó un viernes nefasto y se reconstruyó a sí mismo al tercer día en un domingo glorioso.

Ambos hechos de muerte y resurrección, invitan a pensar en nuestra propia muerte y nuestra propia resurrección, no sólo en la que inevitablemente sobrevendrá alguna vez -la muerte- sino también en la que muchos creemos y muchos otros no -la resurrección.

Estoy hablando aquí de la muerte a nuestro egoísmo, a nuestra avaricia, a nuestras inequidades. A todo aquello que nos empequeñece ante nosotros mismos y ante los demás.

Y estoy hablando también de la resurrección a una vida humana más plena de amor, en un contexto particular del país y del mundo que tiende a enfrentarnos y alejarnos de los otros.

Ojalá que en este domingo de Pascua tengamos nuestra propia resurrección.

¡Felices Pascuas para todos!

Este texto corresponde a las series “Reflexiones sin flexiones” y “Con efe de fe”.

 

Cuentos diminutos

Hoy quiero compartir con ustedes una serie de cuentos muy breves.

Tanto que hasta podríamos llamarlos microcuentos.

La característica de este tipo de prosa es que es “sesuda” y está lejos del chiste o de los cuentos de humor de los asados o de los velorios.

Tal vez el más famoso de los minicuentos es el cuento de Augusto Monterroso, titulado “El dinosaurio”, y que seguramente dio el puntapié inicial para que distintos autores nos animáramos a escribir esta prosa brevísima.

“El dinosaurio” dice así: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

Dinosaurio

Aunque no lo parezca, este texto es un cuento, puesto que tiene un comienzo, un desarrollo y un final… ¡en tan solo siete palabras!

Y aunque tampoco lo parezca, tiene muchísimas interpretaciones.

Inspirado en este cuento, escribí varios relatos breves, algunos de los cuales les entrego a continuación.

Alud (8 palabras)

Luego del ronquido, la montaña vino hacia él.

Imprudencia (6 palabras)

Alunizó, y ya no pudo volver.

Diluvio (9 palabras)

Al llegar a tierra, el sol secó el arca.

Pudor (4 palabras)

La niña sonrió vergüenzas.

Estos minicuentos forman parte de la serie “Cuentos diminutos”