La gata y la enredadera

Gato y enredaderaAyer tuve una tarde emocionante. Es decir, mezcla de emotiva y conmocionante. La gata de mi vecina se cayó en mi enredadera. Se llama Blanca. No, la enredadera no se llama Blanca. Mi vecina tampoco. La que se llama Blanca es la gata. En realidad, ella no se llama, sino que la llaman. Y aunque la llaman, muchas veces ni siquiera acude al llamado. A la gata la llaman Blanca porque es negra y con manchas amarillas. Más que una gata, parece un taxi. Tal vez deberían llamarla Uber, pero esa es otra historia. La cuestión es que Blanca se cayó del balcón del quinto piso y arrastró en su caída tres macetas, un corpiño y siete broches para la ropa. ¿Siete broches para un corpiño? Me gustaría conocer a la dueña. En realidad, la conozco, y deduzco que el corpiño no es de ella. Cuestión de tacto, ¿vieron? Blanca cayó sobre la enredadera y armó un desquicio de novela. Quiero decir, de no-verla. Porque miré cómo quedaron el patio y el jazmín y me puse a llorar. Y la gata, para no ser menos, también se puso a llorar. Era un concierto a dos maullidos. Al rato me calmé, pero Blanca siguió gritando como un cochino. En realidad, yo no sé cómo gritan los cochinos, pero esta gata seguro que gritaba como ellos. En eso vino la dueña de la gata, que no se llama Blanca. Digo que la dueña no se llama Blanca. Le puse una escalera, ella se subió y comenzó a llamarla. Creo que Blanca –la gata- es sorda, porque ni pel… ni caso le hacía a la dueña. A mí me parece que la deben tratar mal, porque no amagaba moverse. Seguro que estaba asustada. La gata, digo. Aunque la dueña también estaba asustada. Estaba en un hueco del jazmín, maullando como un bebé, pero totalmente inmóvil. La gata, no la dueña. Como la dueña no conseguía ningún resultado, mi orgullo de varón me impulsó a un acto caballeresco, así que me subí a la enredadera, caminé por las ramas secas y agarré a la gata. Claro, las ramas estaban demasiado secas y yo tengo algunos kilos de más. Como cincuenta kilos de más. Pero pude salvar al felino y dárselo felizmente a su dueña. Así que ahora estoy escribiendo esta hermosa historia desde la cama del hospital, con un tornillo en la pierna izquierda y una luxación de cadera que me duele mucho mucho mucho. Ah, y los arañazos no importan. El cirujano plástico dice que con unos catorce trasplantes de piel voy a quedar como nuevo. Hasta la vista.

Este relato forma parte de la serie “Relatos en positivo”.

La cachimba del abuelo viejo

Anciano en mecedoraSentado en la mecedora de paja, con su vieja cachimba humeante entre las manos arrugadas por los años y el trabajo duro e inmisericorde, el abuelo parecía más viejo que de costumbre. Los ojos cerrados sobre los pensamientos que se elevaban en volutas junto con el humo de sabor a chocolate de la pipa de caña; el ceño fruncido, como procurando retener el tiempo entre las arrugas; el vaivén lento e incesante de la silla… Era como una móvil escultura teñida de misterio descubierta entre polvo y humedades. Una manta con el dibujo escocés de las tierras altas se adormecía sobre sus piernas adormecidas. Las sombras de la habitación en penumbras parecían cobijar la pequeña figura apenas bamboleante, mientras que un rayo de luz que se colaba dificultosamente por una hendija de la celosía marcaba fintas de un débil amarillo sobre el rostro. El anciano pasaba largas horas en la habitación plagada de silencios mientras la vida bullía tras la puerta en la sala, en el patio, en la cocina, en el resto de la casa toda. Nadie acompañaba su soledad, salvo dos veces al día, cuando le acercaban la comida que él consumía con la lentitud que le daban los años, antes de acostarse en el desvencijado camastro para huir de una realidad inexorable y agobiante. Una noche, sin embargo, cuando la puerta se abrió para dar entrada a una nueva cena, el almuerzo reposaba intacto sobre la mesa, la pipa permanecía fría y apagada entre las manos arrugadas por los años y el trabajo duro e inmisericorde, el ceño fruncido y los ojos cerrados, mientras la hamaca, propulsada por una inercia inexplicable, continuaba con su lento bamboleo.

Este relato forma parte de la serie “Relatos extravagantes (algunos incluso raros)”.

Metáfora de Angustia (prosa poética)

Angustia 1Aromas de silencio se levantan sobre el misterio de una mañana preñada de emociones. Un lánguido camino que no se sabe dónde nace ni tampoco dónde muere, se pierde tras la cortina gris de un horizonte apenas entornado. El sol, ajeno tras las nubes, templa de a poco las manos implorantes que se resguardan del frío cadavérico. Una burbuja de tiempo se deshilacha en mil colores, y en el andén de una vieja estación abandonada, un banco de madera gime imperturbable su austera soledad.

Este poema pertenece a la serie “Mi propia voz”

Morir en la pavada

Huevo de cóndor

(Al padre Mamerto Menapace quien con su ejemplo de humildad, sencillez y dedicación a nuestras más puras tradiciones me enseñó el significado de “Si quieres ser universal, pinta tu aldea”. De su libro “Cuentos rodados”, Editorial Patria Grande)

Un día un paisano encontró un extraño huevo. Lo colocó dentro de una nidada de pava recién puesta. Al nacer los pavitos, también nació el pichón, que era de cóndor. Como no tenía otra escuela, la pequeña ave imitaba a los demás. Piaba y seguía a la pava en busca de gusanos. Un mediodía vio unas extrañas aves que planeaban majestuosas en las alturas. Sintió un llamado, una nostalgia poderosa que lo invitaba a volar. Pero una pava le pidió que la acompañara a buscar gusanos y allí fue. Nunca descubrió su verdadera identidad y terminó muriendo en la pavada.

Este relato forma parte de la serie “Cuentos de cien palabras”

Cuestión de segundos

Accidente auto y árbolEl niño se desprendió de la mano de su madre, distraída en hablar por celular, y corrió hacia la calle. Ella se abalanzó tras él y lo detuvo cuando ponía los pequeños pies en la calzada. Lo alzó de un brazo y descargó la ira de su propia impericia en las piernas indefensas de la criatura, acompañando la paliza con sus gritos. El niño lloró adolorido. El policía bajó los brazos de la cabeza, donde los había llevado el aturdimiento. El hombre bajó del automóvil para evaluar los daños producidos por el árbol contra el que lo había lanzado la maniobra para evitar el choque. Los curiosos comentaban lo ocurrido entre miradas incrédulas y murmullos de espanto. La madre terminó la reprimenda, asió nuevamente al niño, cruzó la calle, y con un gesto indiferente, se marchó.

Este relato forma parte de la serie “Relatos extravagantes (algunos incluso raros)”.

La vidriera (crónica de un deterioro)

ConfiteríaEl sol se reflejaba en la vidriera de la panadería desnudando los surcos dejados por la última limpieza y los restos de polvo nunca removidos. La crema de las confituras se diluía en la masa que de a poco tomaba la consistencia y el color de una olvidable silicona. No había nadie dentro o fuera del negocio que se interesara por las supuestas delicias que se ofrecían a los ojos de los esquivos clientes, quienes eludían confrontar con los dulces derretidos y los desteñidos carteles de los precios. Alguna mosca aburrida hacía malabares entre la fruta abrillantada, las nueces y el azúcar impalpable, mientras una araña la vigilaba desde la remota tela oculta tras el plafón de luz que malamente intentaba iluminar el triste y empobrecido conjunto. Una asmática corriente de aire pretendía mantener refrigerada la vidriera, que perdía prestancia de a momentos. En la otra esquina del local, cruzada sobre la puerta de vidrio, una faja de papel ennegrecida dejaba ver retazos de la leyenda de clausura. ¿Qué había sido de aquel altivo negocio, orgullo del barrio, cuya fama trascendiera sus fronteras? El abuelo lo había fundado cuarenta años antes, y lo mantuvo hasta que sus debilitadas piernas no pudieron sostenerlo en pie. El hijo tomó la posta y no sólo conservó sino que potenció la calidad de la mercadería. Pero entonces, una traicionera e inesperada hemiplejia lo obligó a retirarse. Así, el nieto debió asumir de apuro la dirección del negocio, pero su inexperiencia y una mirada avara modificaron la oferta y deterioraron la demanda. Poco a poco la panadería perdió su antiguo prestigio, y un malhadado día las autoridades sanitarias, alertadas por los vecinos, decidieron la ominosa clausura. Y allí estaba ahora la vidriera, castigada por un sol implacable, que desnudaba los surcos dejados por la última limpieza y los restos de polvo nunca removidos…

Este relato forma parte de la serie “Relatos extravagantes (algunos incluso raros)”.

¡Piensa que existo!

De Mello(Al padre Anthony de Mello, quien embelleció mi vida con sus historias y me amplió mi limitado panorama espiritual. Del libro “La oración de la rana” – Volumen 2, Editorial Sal Terrae, España, 1988.)

La familia tomó asiento en el restaurante. Llegó la camarera, y tras el pedido de los adultos le preguntó al muchacho de siete años: “¿Qué vas a tomar?”. Él miró con timidez en torno a la mesa y dijo: “Quisiera una hamburguesa”. Antes de que la camarera pudiera escribirlo, la madre dijo: “¡Nada de hamburguesas! ¡Tráigale un bife con puré!” La camarera se hizo la desentendida. “¿Cómo quieres la hamburguesa?”, le preguntó al niño. “Con mayonesa”, contestó éste. La camarera se fue. Tras unos instantes de silencio, el niño miró a todos los presentes y exclamó: “¿Vieron? ¡Piensa que existo!”.

Este relato forma parte de la serie “Cuentos de cien palabras”.